Wednesday 13 july 2011 3 13 /07 /Jul /2011 01:00

Se llamaba Jeremías, rara vez llegaba a tiempo. Era un hombre más bien rudo, aunque bastante atractivo, con el pelo cano y la piel muy morena, tostada por el sol.

Trabajaba como albañil y mozo por las noches y feriados en una cantina , claro, así se entiende que, además de lucir aquel moreno de albañil, tuviera unos músculos tan bien formados. Pero no os llaméis a engaño. Jeremías es maduro. Creo que él tendría unos 55 años, por lo menos…

Resulta que en casa teníamos que hacer reformas. Vivimos en un sitio muy pequeño y aquí todo el mundo se conoce… además que solo hay un mozo en todo el pueblo, con lo cual no hay donde elegir. Yo no había tenido mucho contacto con él, solo le conocía de vista, en fin…su hija, que tenía mi edad, estaba en mi clase,  soy profesora. Yo estaba muy nerviosa por  las reformas de casa, todo el santo día con el trajín de los albañiles, carpinteros, pintores …

Un día agitado mi esposo me dijo que él y mi madre tenía que salir a elegir unos muebles. El plan era que me quedaba sola.Yo me sentía fatal. Total, ya conocía al viejo de Jeremías y a su sobrino, trabajaban juntos, eran buena gente.

Pasaron cerca de 30 minutos y sentí que no sabía que hacer .Abrí la puerta de mi cuarto y asomé la cabeza al pasillo. A Jeremías y a su sobrino (creo que se llamaba Martín, pero no recuerdo bien) se les oía trajinar en la cocina. Mi casa consiste en un largo pasillo a lo largo del cual se van distribuyendo las habitaciones. La cocina estaba en el extremo más alejado de la puerta de entrada a la casa y mi habitación más o menos por la mitad el pasillo. Y como la puerta de la cocina estaba abierta, desde mi posición pude ver cómo trabajaban los mozos. Jeremías estaba inclinado sobre la mesa, así que solo podía verle las piernas, pero a su sobrino si podía verle bien. Le calculé unos veintitantos años. No es que fuera una belleza, pero tenía un cuerpo muy bien formado…bastante apetitoso para una chica de mi edad. Así que ya que estaba sola, aburrida y harta de estudiar, decidí… divertirme un poco. Algo, no sé…por entretener a mis hormonas. ¿Qué de malo había en ello?

Volví a meterme en mi cuarto y me dirigí al espejo de la cómoda. Como hacía calor yo llevaba unos pantaloncitos muy cortos, que me parecieron bien para mi propósito, y una camiseta de tirantes, bastante escotada, perfecta. Pero había algo que fallaba…el sujetador. Me liberé de él y la visión que me devolvió el espejo me gustó mucho más. Mi pechos parecían querer salirse de la ajustada camiseta (tengo bastante pecho, aunque siempre he querido tener más). Di unos cuantos pasos hacia atrás y avancé hacia el espejo, fijando mi vista en unas bamboleantes tetas que me convencieron de su poder hipnótico. Me descalcé y me solté el pelo, que lo llevaba atado en una cola. Suspiré. Todo bien. Adelante, pues.

Volví a salir al pasillo y me dirigí con paso decidido hacia la cocina, pero justo cuando me quedaba menos de 2 metros de pasillo para llegar, oí cómo Jeremías le ordenaba a su sobrino ir al almacén a recoger no-sé-que-cosa para las cañerías. Llegué para ver cómo el muchacho salía de la cocina y avanzaba por el pasillo sin apenas mirarme. Bueno, si, me miró…las tetas, por supuesto. Pero ni siquiera levantó la vista o se paró. Sin embargo no me desanimé, pensando que como no tardaría en llegar, pues no pasaba nada si le esperaba en la cocina, tomándome un descafeinado o algo… para hacer tiempo.

Entré y saludé a Jeremías…

“Jeremías…hola ”! Tú por aquí! ¿ya saliste de la escuela ?” “ Pues si…, voy a tomar algo, ¿la apetece un café?” “ Bueno, me tomaría una cerveza bien fresquita”.

Mientras sacaba la cerveza y calentaba la leche en el microondas le observé. El caso es que no estaba nada mal aquel hombre… un poco…bueno, no…BASTANTE mayor i, pero mis hormonas al parecer aquel día no atendían a razones. Me percaté de que él me miraba de reojo y le noté nervioso. Normal. Mis pantalones eran tan cortos que me llegaban al inicio de los muslos y tan pegados que se me notaba bastante la forma de mi sexo. Y encima sin sostén. Eché un par de cucharadas de café a la leche y, al mirar hacia abajo, vi que tenía los pezones a punto de romper la tela de la camiseta. Me avergoncé un poco, porque además me noté húmeda. Y eso que llevaba un salva-slip puesto.

“Y bueno, …cuéntame, ¿ estan de examenes en la escuela ?

 “ ¿Bien?” – Risas- “¿solo bien?”- más risas.

Me giré hacia él y le tendí la cerveza. Jeremías alargó la mano para tomarla y vi que le temblaba ligeramente. Me estaba mirando las tetas. Yo saqué más busto, vamos, que las “eché p´lante”, como se suele decir, en un movimiento reflejo, porque en seguida me arrepentí, ya que él levantó la vista y me miró. Casi será decir que me clavó la vista. Una mirada inquisitiva. Una mirada que me excitó.

Entonces ya no respondí de mis actos. Me sentía como una leona enjaulada, ardiente, con unas ganas terribles de romper las reglas. Me acerqué lentamente hacía él sosteniéndole la mirada y alargué una mano hacia su pecho. Lo noté duro, fuerte, y comencé a deslizarla hacia arriba hasta tocarle el hombro, el brazo… y su tacto me excitó más aún. Jeremías seguía mirándome fijamente, sin moverse, sin apenas atreverse a respirar. Yo volví a dirigir mi mano hacia su vientre y la fui bajando hasta tocarle el sexo por encima el pantalón vaquero. Tenía un paquete enorme, su tacto a través de la tela me hizo estremecer. Entonces Jeremías se retiró, dio un paso hacia atrás y musitó algo así como que él podría ser mi padre.

Yo, a mi vez, avancé, salvando la distancia que él había establecido y me apreté contra su pecho, sintiendo la dureza de su miembro a la altura de mi bajo vientre, respirando el olor a su sudor. Le puse ambas manos a los lados de las caderas y le apreté más contra mí. Y ese fue el resorte. Reaccionó cogiéndome de la cintura y tumbándome de espaldas en la amplia mesa de la cocina.

“Serás putita… ¿qué es lo que quieres, mujer?”.

Lo dijo jadeando, tratando de controlar una situación que ya se le había escapado de las manos. Pero yo, a pesar de ser tan joven, sabía que a los hombres les gusta el papel de “machos dominantes” y hice como que me dejaba hacer. Total, mi objetivo se iba a cumplir, la forma me daba igual, corría de su cuenta, él era el experimentado y esa idea me excitó tanto…

Mi respuesta fue tomarlo del cuello y atraerle hacia mis labios, pero él rehusó. A cambio me agarró la vieja camiseta por el escote y de un tirón la rompió dejando en plena libertad a mis pechos, que salieron disparados. Hundió la cabeza entre mis senos y agarrándomelos con las dos manos comenzó a lamerme, para luego dedicarse a chupar alternativamente mis adoloridos pezones. Yo estaba tan excitada que creí que me moría. Tenía ganas de que aquel placer durara siglos, pero Jeremías no parecía estar por la labor, porque comenzó a bajarme trabajosamente los pantalones mientras me comía (literalmente) los pechos.

Cuando por fin lo pantalones se deslizaron hacia el suelo yo me abrí de piernas todo lo que pude, gimiendo y maldiciéndole, y no sé de dónde me salió aquella vena tan agresiva, pero lo cierto es que en toda mi vida sexual posterior jamás he estado tan excitada como aquella vez.

Me metió los dedos por la vagina, comprobó satisfecho lo caliente y húmeda que estaba, y celebrándolo con un gruñido se inclinó y le dio un par de lametones a mi hinchado clítoris mientras se bajaba la cremallera y sacaba una enorme pija, dura como una piedra.

Me penetró sin miramientos. Al principio solo metió, casi apoyando simplemente, la punta de su miembro entre mis labios vaginales, pero ante mis quejidos decidió no andarse con ceremonias y comenzó a salir y a entrar de mi coño con una facilidad pasmosa.

Yo no sabía adónde agarrarme, sentía unos irrefrenables deseos de morderle… hasta que me llegó el primer orgasmo. Y un segundo y un tercero… hasta que él salió de mí. Sacó su enorme pija de mi sexo y, con un grito contenido, se corrió sobre mí, rociándome de semen los muslos y el pecho.

Se apoyó con las dos manos en el borde de la mesa, mientras yo yacía exhausta. Estaba rendida y lo mejor es que mis nervios habían desaparecido por completo. Cerré los ojos y ya comenzaba a abandonarme a un agradable sopor cuando noté cómo Jeremías se subía la cremallera y me tiraba los pantalones a la cara.

“Mujer ,   anda vistiéndote  que mi sobrino no tardará en llegar. ¡Vaya, mujer , que rica que estás !… ¡Hace años que no me cojo algo así!…Por cierto, ¿sigues interesada en seguir haciéndolo en otra oportunidad?”.
Le respondí que si, me bajé de la mesa y le di un beso en la mejilla.

Entonces tocaron a la puerta de entrada y salí corriendo a mi cuarto, para vestirme. Me lavé un poco, me puse un vestido de verano y me dirigí de nuevo hacia la cocina…

casadalocada@yahoo.com

 

Por Oráculo Infiel - Publicado en: Experiencias
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