La primera vez que me dijeron puta perdí a mis mejores amigas, con tan solo 16 años y poca experiencia en LA VIDA llegué del interior de la provincia de Buenos Aires, el interior de las pampa , había nacido y me había criado una pequeña ciudad y por un escandalete en el colegio me dijeron puta. Se descubrió mi afaire con un preceptor y todas mis amigas y amigos casi al unísolo con una moralina de ciudad pueblo me señalaron y etiquetaron para el resto de sus vidas:- “No nos llevamos con pervertidos ni con putas”. Mi momento de romance infantil había sido juzgado y nunca volví a saber de ninguna de ellas. Debi salir a enfrentarme a la realidad de irme de mi tranquila ciudad a la casa de una tía mayor, viuda en la gran ciudad..
Nunca fue sencillo mío y hacer nuevas amistades en la gran city no era algo sencillo, por lo contrario era sumamente difícil .Vi que en esta nueva vida todos se besaban con todos, todos si se podía y se daba apretaban con todos y aunque no quisiera tenía que hacerlo para no sentirme una paisana del interior . Recuerdo la sensación de sorpresa que me causaba participar en esas partuzas . Nunca hice nada realmente sexual y sin hacer nada, tenía de las peores famas de la escuela, una puta.Y me buscaban sea por la fama sean por mis caderas esféricas , bambolentes, mis labios gruesos y carnosos.
Viví en ese año tres momentos de violencia sexual, cada uno peor que el otro, jamás me defendí, jamás dije nada, yo era una puta. Uno de los personajes de estos asaltos es miembro de mi familia, eso lo hacía peor, verlo en cada reunión familiar. Peor sentirme más puta cada vez que lo veía, peor cuando me pidió perdón diciendo que yo era tan bonita que no se pudo resistir. Era mi culpa, no había gritado, no había peleado, no lo había acusado. Mis escotes, mi fama, mis piernas, todo era una invitación a forzarme, como puta me lo merecía.
No me quería, ni siquiera creía merecer algo mejor, todos los días me encontraba con mi reflejo en el espejo y no veía nada más que lo que veían los demás, o al menos lo que creía veían en mí. Cualquier persona que me respetaba la alejaba, me parecía la peor trampa, si alguien finge que te respeta y quiere te va a lastimar más cuando te des cuenta que es mentira, y si fuera cierto yo ciertamente no lo merecía. Por eso la violencia y los abusos me venían bien, eran buenos castigos.
Recuerdo que fueron muy dolorosos, cada evento violento aparecía en distintos momentos, uno fue en un salón de clases, su amigo cuidaba la puerta, el otro me forzaba, me agarraba, me babeaba, y yo logré decir no quiero, me dijo, claro que quieres, si eres bien puta. ¿Cómo refutar eso si todos sabían quién era yo?
Mientras el tiempo pasaba yo apenas haciendo cosas lograba aumentar mi fama: si voy a ser una puta, voy a ser la más grande de todas. Si me adueñaba del nombre entonces no me lastimaría.
Inventaba historias de proezas sexuales, yo seguía siendo una virgencita que no entendía siquiera cómo funcionaba el sexo y aún menos que pudiera ser placentero o incluso cosa de dos.
En la academia de artes plásticas tuve un novio formal, él sólo era mi novio para cumplir una apuesta de qué tan rápido me acostaría con él. Nunca lo hice y él, como todos, inventó detalles, encuentros y me convenció de mi status de puta.
Cuando me enamoré por primera vez y decidí acostarme con él me humilló al cuestionarme una y otra vez la cantidad de veces que lo había hecho antes.
Puta para siempre Puta.
Si yo no quería y él sí, ¿qué importaba?, era mi novio y yo una puta.
Puta para las demás mujeres, por ser abierta, por ser yo. Putas nos llamábamos de broma y a nuestras espaldas, ¡ve cómo se viste!, ¡si sólo busca sexo! Eres una putota, te encanta. ¿Quién más que una puta puede disfrutar del sexo?
Cuando por fin abrí lo que me pasó entre tanta violencia sexual, la respuesta fue clara: “es que ¡tú también! ¿por qué no hiciste nada? ¡Seguro que te gustó! ¿y qué? ‘traías puesta esa blusa? ¡Así cómo no!”
Crecí y dejé el status de puta atrás, me enamoré, casé y tuve hijas.
Creí ya no ser una puta. Me prometí nunca utilizar esa palabra para hablar de otras mujeres, no importaba cuánto o con quién se acostaran, cómo se vistieran, qué les gustara o hasta si se vendían por sexo. Cada quien, pensé.
Empecé a perdonarme, no por ser puta merecía la violencia, no las prostitutas se lo merecen sólo por dedicarse a eso. Nadie se lo merece.
Todavía el día de hoy no me la creo, no me creo que no fuera mi culpa, no me creo que yo no me lo buscaba. Sigo sintiendo vergüenza de mi cuerpo, de mí misma, de mis actos, de mis coqueteos; me siento responsable de cada vez que un hombre me agarró en el camión, de cada vez (sí, me ha pasado más de una vez) que un hombre se quitaba el abrigo y no había nada debajo, cada vez que me gritan “qué tetas”.
Antes provocaba, luego comencé a explorar el poder de ser mujer y sentirme sexy sin sentirme puta. Me cuesta trabajo no pensar que una mujer que explota su sexualidad no es puta. Me duele pensar en los hombres que abusadores, viven cerca de mí, defendidos en su status de “ella se lo buscó”. Me cuesta pensar que no soy una de esas putas que se lo ganó.
Cuando tengo malos días y al cerrar los ojos veo el pene del tipo que me forzó a hacerle sexo oral, me cuesta no pensar que si yo no hubiera estado borracha, si yo lo hubiera mordido, si yo no hubiera tenido las boobs grandes, si yo no hubiera usado escote, si yo no hubiera sido puta, él nunca me habría lastimado así.
Es difícil dejar de pensar que todo es mi culpa, sobre todo cuando a mi alrededor todos me han llamado puta, cuando me han dicho: es que pobre no se pudo controlar, cuando por no haberlo matado o por no poder confrontarlo hasta este día de alguna manera me lo mereciera, de alguna manera era lo que se veía venir y él no tiene la culpa de no poder controlarse ante las insinuaciones de la grandísima puta.
Por todas estas cosas que me pasaron a mí y por muchas mas que les pasaron a amigas, familiares y conocidas esta causa me llama, esta causa me pertenece, porque quiero curarme, quiero gritar soy una puta y aún así no me merecía esto.
by sara.kein@yahoo.com