Mi vida cambió a partir de aquella situación .No es tampoco que un día aparezcan cosas que nunca estuvieron ahí, aunque tampoco lo descartaría, conozco a amigas que las cosas se les han desencadenado así de golpe . En mi ,más bien creo que se trata de un proceso , de necesidades , impulsos internos. Es una especie de impronta personal
, invisible a efectos prácticos, que junta fuerza y cuando esta madura se lanza fugaz y repentinamente .
Como digo y en mi caso al menos, se trató el cambio inesperado, aunque supongo que tampoco carente de antecedente alguno. Depende como se mire. De adolescente, hubo una temporada en que no costaba demasiado que algún chico me llevara al asiento trasero de un coche para acariciarme las tetas y de ahí a terminar montándome.. Probablemente mentiría si dijera que podría recordar cuántas pijas me comí en similares tesituras y sin dar pie a una relación más duradera Pero vamos, tampoco nada fuera de lo común en una jovencita de dieciséis años medianamente adaptada a su época. Ni de las más putas , ni de las más castas. Un término medio.
Así crecí fui a la universidad donde en los primeros años me topé con varios galancetes algunos para olvidar y otros que me han hecho pasar momentos que recordaré toda mi vida .
Así ya antes de recibirme empecé a salir con Alberto, un hombre un poco mayor que yo , que tenía a cargo una prestigiosa consultora de oportunidades financieras y negocios para importaciones y exportaciones fundada por su padre y asociada a Laureano, un hombre guapo muy seductor de bastantes años menos que mi él. Hasta que el me fijó compromiso y mi familia me arrinconó para que acepte.
Así me casé y empecé a trabajar junto a mi esposo en la consultora . En cualquier caso, me dije que en mi caso no se daría lo de que no hay dos sin tres, así que me tracé la cruz mental y no volvería a ver a ningún galancete , ni me iban a llevar a la cama de nuevo para romper mi voto de fidelidad a mi esposo. Podía considerarme una mujer muy afortunada porque todo hubiera salido como salió y no era cuestión de seguir tentando a la suerte, así que, aunque hube de esforzarme en ocasiones para resistir tentaciones que salieron al paso, como a cualquier persona, conseguí salir airosa en el empeño y convertirme en una buena esposa. Tuve tres hermosos hijos , un niño y dos niñas y mi vida marchaba para ser una mujer de su casa dedicada sobre todo al hogar y cuando podía trabajaba . Y a partir de ahí pasó a discurrir la vida hasta llegar a convertirse en una monótona sucesión de días, semanas, meses y años.
Sin embargo como dije en un principio en mi interior algo se iba generando , más bien creo que se trataban de demonios internos que acechan en la mórbida oscuridad de mi alma esperando su oportunidad, que saben bien aprovechar y no dejan escapar a poco que pase ante ellos, Yo empezaba a desear a otros hombres, a sentir deseos nuevamente de verme atraída por otros hombres que no sea mi esposo
No me di cuenta de ello no obstante hasta que años, bastantes años después, ya siendo adolescentes, volví a encontrarme con la divina Emma, una amiga de la adolescencia reina de todos los suspiros de los hombres y de las envidias de las mujeres en aquella época . Tuve gran alegría en ello. Besos, sonrisas, abrazos… ¡estaba divina! Los años habían pasado por ella como el agua por la acequia, mojando y dando color, que no erosionando ni desmejorando. Para nada. Bueno, con algún matiz. Su rostro, habiendo sido siempre mujer de piel seca y sensible, aparecía surcado ahora por algunas arrugas bastante pronunciadas -especialmente patas de gallo-, pero sus ojos seguían tan vivos y brillantes como siempre y sus labios, ahora bastante más gruesos y carnosos -¡también las diosas recurren al bisturí!-, resultaban una auténtica locura de voluptuosidad carnal.
En cuanto a su cuerpo, otro cantar. La muy puta –dicho sea con todo el cariño- seguía siendo una verdadera escultura viviente. Sobre todo su culo, parecía aun magnificado, probablemente merced al gym y la dura rutina de sentadillas, pensé. Me comentó que había decidido no tener hijos y que ello había ayudado bastante en su conservación. A la vista estaba. También que andaba casada con un adinerado empresario sudamericano. Debió conocerla en algunos de sus desfiles, allá por la tierra de los canguros, y quedó prendado de ella al punto. Ahora andaba por acá de vacaciones para ver a su familia, habiendo quedado él por allá.
Quedé bastante sorprendida al ver acercarse a un joven extraordinariamente atractivo. De unos veintipocos años, no más de veintidós o veintitrés. Al principio sólo me fijé en lo bueno que estaba. Rubio, ojos azules… claramente extranjero y con unos músculos hiper desarrollados merced sin duda a la esteroidea contribución. Luego fue extrañándome al ir comprobando y tomando certeza de que era a la mesa de la terraza en que nos habíamos sentado a tomar un café, que se acercaba para finalmente besarla en los labios y tomar asiento a nuestro lado.
Debí quedar con una expresión bastante estúpida en mi cara, rompiendo ella a reír.
-Es Jeffrey, this is Nora, a childhood friend – Jeffrey, ésta en Nora, una amiga de la infancia. Nora, éste es Jeffrey.
Dos besos de rigor. Seguía estupefacta.
No tuvo empacho ella en confesarme que se trataba de su último capricho. Un gigoló y streaper de por allá, que mantenía a cuerpo de rey a costa de la muy poderosa economía de su marido, el cual no acertaba siquiera a intuir los cuernos que lucía el pobre. Tampoco tuvo ningún problema en admitir que el chico tenía tan sólo 21 añitos y que nunca solía acostarse con hombres mucho mayores que eso, teniendo el límite puesto alrededor de los 27 o 28 más o menos, antes de los 30 en cualquier caso. Incluso se la veía orgullosa y ufana de ello.
Me cayó muy bien mi vieja amiga. Mejor de lo que nunca me hubiera caído en nuestros tiempos de adolescencia y prepubertad. Al cabo de una media hora nos despedimos, intercambiando teléfonos y prometiendo llamarnos y quedar para la próxima vez que volviera por aquí, ya que en un par de días regresaría a Australia. Incluso me invitó a viajar allá a visitarla. Lo dicho: me cayó genial.
Anduve a partir de ese encuentro reflexionando acerca de lo que estaba siendo mi vida. ¿La estaba viviendo como quería vivirla, o más bien arrastrada por la inercia social y de los acontecimientos que habían marcado su evolución? Emma exprimía La suya. Cuando llegara a la vejez, tendría la plena satisfacción de haberla disfrutado al máximo. ¿Podría decir yo lo mismo? Grave crisis que a todos nos afecta en algún momento.
Comencé a plantearme muchas cosas y a replantearme otras tantas. Emma… la bellísima Emma. Antes objeto de envidia, ahora, quizá, modelo ideal. Ella disfrutaba de su cuerpo abandonándose al placer en brazos de chicos guapísimos que bien podrían ser sus hijos. Ni siquiera se planteaba la cuestión del respeto debido a su marido. Ojos que no ven corazón que no siente, era su lema. Admiré su valentía, resolución e independencia.
Sentí necesidad de buscar un cambio en mi vida rutinaria . Lo primero que hice fue tratar mi cabello y mi figura A Alberto le encantaba que lo llevase largo y así lo había hecho desde que nos conocíamos. Me encanté al verme en el espejo.. Y más aún me encantó al ser testigo la expresión de Alberto. Expresión de sorpresa, de deseo renovado. Me sentí fuerte, victoriosa. Ya digo, me encantó.
Fue una sensación de euforia debido a un motivo un tanto trivial diréis, pero son esos pequeños detalles los que te dan la seguridad de que puedes abordar empresas más audaces con la misma decisión.
Y en le trabajo había ingresado un muchacho que me empezaba a gustar , contaba con una encantadora sonrisa y unos ojos de pícaro que, sin más solución, determinaban que te cayera simpático. Un bombón empedernido que gustaba de alardear con pelos y detalles de sus conquistas, sobre todo cuando se trataba de mujeres emparejadas, más aún si eran cercanas y conocidas, tanto ellas como sus maridos o novios. Ya digo, alguien que te debería caer como una patada en la barriga, sabiendo positivamente que lo que hace es reprobable, pero que no puedes evitar te resulte simpático por el simple hecho de ser buen mozo.
Era el mío. El hombre que necesitaba. A pesar de admitir, ya veía, que el muchacho me resultaba agradable por su atractivo físico, no miento cuando digo que nunca me había planteado siquiera nada con él. Una persona puede ser fiel a su pareja, sin que ello impida que pueda apreciar el atractivo de otros hombres. Tampoco él había intentado nunca nada conmigo, pese a sí haberlo hecho con la otra mujer atractiva que trabajaba con nosotros, una joven pasante de 22 años. Muy guapa.
De sólo pensar en nuestros empleados mirando y cuchicheando en voz baja al vernos pasar a Alberto o a mí, me PRODUCÍA CIERTO MORBO .
Comencé a coquetear un poco con él. Nada exagerado. Me dejaba la camisa más desabrochada cuando él andaba cerca, le ponía ojitos, alguna mirada… Ya digo, nada excesivamente descarado, pero que dejaba claro el cambio de actitud por mi parte hacia él. Claro para él y claro para los demás, que tanto interés tenía en que lo entendiera, que no me preocupaba que otros también lo hicieran. Tan sólo cuidaba que Alberto no anduviera cerca.
Pero el muchacho siempre andaba atrás de otras muchachas de la oficina y se fijaba sólo lo necesario en mi, lo necesario para nuestra relación profesional.
En cambio al verme mas sexy y vestida de otra manera se me acercó Laureano, que no sólo era buen mozo, sino que permanecía soltero, muy codiciado por casi todas las mujeres y muy galante.
Así llegó día que sentí temblar mis piernas y aun casi desfallecer, cuando los ojazos de Laureano como zafiros se posaron en mí de esa manera tan especial .
Empecé a ser algo mas que coqueteo con él, con lo cual me dediqué a pasear ante sus narices toda la voluptuosidad carnal mi anatomía, bien expuesta por ceñidos tops, camisetas y escotes que a veces pasaban de descarados, hasta que no tuvo más remedio que dedicarme la atención reclamada .
Debimos desplazarnos a Rosario. Un importante cliente nuestro, empresario en el ramo de los granos , tenía que tratar sobre un contrato y debíamos acompañarle para las negociaciones. De los asuntos más importantes solemos encargarnos Alberto, Laurean , o Sofía otra fémina atractiva de nuestra consultora, amén de profesional muy competente. El tema éste me correspondía a mí, ya que era quien normalmente había tratado con el cliente. Normalmente solemos hacernos acompañar por alguno/s de los chicos con menos experiencia, para que así vayan aprendiendo Por supuesto. Alberto no obstante, sugirió que viniese Laureano y Mariano Juncal , el nuevo.
Ya en el avión, Laureano demostró que no perdía el tiempo seduciendo a una atractiva rubia de sonrisa fácil y más fácil apertura de piernas a lo visto. Me cayó bien. El resto del viaje transcurrió entre comentarios jocosos y chistes un tanto verdes relacionados con el capítulo que Laureano acababa de protagonizar.
Llegados al hotel, nos dirigimos a recepción mientras el botones se hacía cargo de las maletas.
-Buenas noches.
-Buenas noches.
-Tenemos reservadas dos habitaciones. A nombre de Gonzalez Heredia.
Echó un vistazo el recepcionista al ordenador.
-Sí, aquí les tengo. Una individual y otra doble con dos camas.
-No, no… ha debido haber un error. Pedimos una individual y otra doble, pero con una sola cama.
¡Teníais que haber visto las caras de Mariano y Laureano ! Se giraron hacia mí como accionadas por sendos resortes, una expresión indefinible, a caballo entre la estupidez y lo boquiabierto, en sus rostros.
-Pero el caballero que llamó dijo…-El caballero debió cometer un error. ¿Es posible subsanarlo?
-Sí, claro… claro que sí –aceptó finalmente, en su mente, con toda seguridad, claro lo que estaba ocurriendo. Estaba decidida a buscar otro hotel sin no hubiese resultado posible, pero también convencida de que no sería así. Aquel era el hotel por el que siempre optábamos cuando algún asunto nos llevaba a la ciudad condal, con lo cual sabía que cuidarían a sus clientes y no pondrían objeciones.
-Estupendo. Ah, y no hace falta que le comente nada al caballero, ¿de acuerdo?
-Por supuesto –me respondido bastante embobado.
-Gracias –le obsequié entonces con una sonrisa y un billete de 20 dólares de propina.
-Muchas gracias señora. Sus habitaciones son las 42 y la 66 entonces.
-Gracias.
Nos dirigimos entonces al ascensor. Los chicos se veían todavía estupefactos y yo me sentía encantada. No me preocupaba Mariano. No creía que fuera a comentar nada al regreso. Al fin y al cabo, soy su jefa. Pero aunque lo hiciera, había decidido que ya esos temores no habrían de volver a condicionarme nunca más.
Ya en el ascensor, parecieron un tanto tensos, como cuando subes en éste con algún desconocido y no sabes a dónde mirar o qué cara poner. Yo por mi parte, estaba muy tranquila. Sentía que dominaba la situación y con ello y quizá por primera vez, mi vida.
-Nora… la habitación… ¿quién va a la individual y quiénes a la doble?
-Oh vamos, no seas estúpido.
Era tan guapo como irrisorio resultaba en aquellos momentos. Sonó entonces el “clint” que señalaba habíamos llegado al segundo piso, en el cual se ubicaba la habitación 42.
-Buenas noches Mariano -me despedí del pasante.
-Buenas noches Nora –se despidió él también con una expresión indescriptible en su cara.
Se cerró la puerta de nuevo para continuar el ascenso. Nos miramos. Sonreí.
-Espero que haya dejado algo para mí esa rubia del avión.
Sonrió él también, al tiempo que me rodeaba con cu brazo derecho la cintura para atraerme hacia él. Sentí su mano acariciar mi culo al tiempo que nuestros rostros quedaban muy cerca.
-No te preocupes, que dejó más que suficiente para darte lo que andas buscando.
Me besó entonces con pasión y yo me sentí derretir. Si bien, como dije antes, la cosa no había comenzado motivada por un deseo sexual propiamente dicho y en sí, ahora ya este móvil había cobrado muy poderosa existencia y pesaba tanto o más que el original. Tanto que cuando finalmente se abrió de nuevo la puerta, seguimos besándonos. Una indefinible intuición, pues mantenía los ojos cerrados me hizo saber que había alguien esperando para entrar, y también que, probablemente, Laureano sí lo o los había visto. No me importaba. Estaba tan caliente, que tal detalle no vino sino a excitarme aun más, con lo cual fui a coger su mano izquierda por la muñeca para llevarla hasta mis tetas y restregarla allí con fuerza. No se hizo rogar él tampoco demasiado, comenzando a acariciarlas con auténtico deleite.
-¿Les queda para mucho, jóvenes? –se escuchó una voz senil.
Abrí aquéllos entonces para encontrar a una pareja de ancianos expectantes. Reí divertida por la situación.
-Mejor en la habitación, ¿no? –apreció él.
-Sí caballero. Mejor en la habitación –le respondí con una sonrisa al pasar junto a él. También él me sonrió. Y ella.
-Venga hija, diviértete, que eres joven y guapa.
-Gracias señora.
Nada más entrar en la habitación y dar la luz, me tomó por los brazos para, empujándome y colocándome contra la pared, volver a morrearme y acariciarme las tetas y el culo a placer. ¡Fue fantástico! Una pasión que no recordaba desde hacía mucho. Pensé en Alberto. ¿Sería el capaz de ésta todavía de proponérselo? Probablemente no. Recordaba las palabras de Emma, que me había hablado de cómo el fuego de los hombres se va apagando con la edad y en la misma medida en que el nuestro se va tornando incendio incontenible.
“Es así, cariño. La mujer alcanza su momento de mayor calentura entre el final de la treintena y hasta avanzada la cuarentena, mientras que ellos lo hacen en la veintena temprana. La combinación perfecta es mujer cuarentona-veinteañero. Es la edad en que nuestro fuego sexual se torna abrasador, mientras que el suyo comienza a apagarse a partir de los 30. Llegados a los 40, sólo quedan fantasmas o ilusos que se tragan los orgasmos fingidos de sus mujeres. Hazme caso. Si aspiras a encontrar quien apague el tuyo realmente, busca entre los chicos de la edad de tu hijo.”
No pude evitar una risita. Tenía razón. El sólo imaginar a Alberto -y había sido él hombre ardoroso y ahora bien conservado, no vayáis a pensar- bajo aquel ímpetu sexual a día de hoy, se me hacía idea ridícula e irrisoria. En cambio Laureano … ¿Cuántos tenía él? ¿Treinta? ¿Treinta y tres? No recordaba. En cualquier caso andaba en el límite, pero estaba claro que aún no había pasado al otro lado.
-¿De qué te ríes? –preguntó con una sonrisa separando momentáneamente su boca de la mía. Y es que había sido gracioso eso de reír con las bocas selladas.
-No es nada.
Reí de nuevo. Ligeramente, tampoco es que lo hiciera a carcajadas.
-Me estaba acordando de Alberto.
Su cara fue todo un poema al escuchar aquello. Ahora sí reí con más ganas, aunque tampoco sin llegar a la hilaridad.
-Eres una chica revoltosa, ¿eh? –comentó , al parecer, gratamente sorprendido y con una sonrisa de suave perversión que se me hizo irresistible.
-No lo sabes tú bien –afirmé convencida con otra media; la boca entreabierta, invitándole a invadirla de nuevo con su lengua.
No se hizo de rogar. ¡Dios! Cuando aquel chico besaba sabía lo que hacía. ¡Me tenía toda encharcada! Ahora mantenía mis brazos bloqueados con sus manos contra la pared, un palmo a cada lado de mi cabeza. Bajo aquella deliciosa indefensión, “soporté” sus avances casi presa del delirio.
Cuando separó de nuevo sus labios, los míos intentaron bus Alberto ansiosos. Era como ser interrumpida en un orgasmo. Quería más. Pero me tenía bien atrapada y su mejilla salió victoriosa en el pulso contra la mía. Dulce derrota. ¡Fue delicioso! De sentir su lengua en mi boca, pasé a hacerlo en el interior de mi oreja. Húmeda caricia bucal que Alberto no me prodigaba desde hacía tanto. El adorado intruso pugnó contra la entrada de mi conducto auditivo externo, casi como si quisiera introducirse en mi cerebro desde allí.
Creo que suspiré. No recuerdo exactamente si fue así, hay que entender que en esos momentos una no va guardando relación de sus reacciones. Tan sólo se limita a sentir. Lo seguro es que sí debí hacerlo cuando, tras descender a continuación mordisqueando mi cuelo -¡maravilloso!-, se lanzó a devorar mis pechos cual adorable antropófago tras largo periodo de ayuno.
El primer mordisco me hizo daño, pero no quise protestar. Por un lado se trataba de un dolor que hasta resultaba placentero: por otro, no quería a arriesgarme a frenar aquello. El chico estaba desatado y pensé que una reacción como aquella por mi parte podría cortarle y hacer menguar su fuego. Para nada estaba dispuesta a correr el peligro de ver algo así materializado.
-Procura no dejarme ningún moratón –le pedí, eso sí, o algo parecido. Relato de recuerdo, no literalmente. Es posible que las palabras exactas no fueran esas, e incluso que en algún momento la memoria me engañe y la secuencia de acontecimientos resultara ligeramente distinta –¿primero beso y después caricia, o primero caricia y después beso?, por ejemplo-. En cualquier caso, nada sustancial ni que afecte a la experiencia en sí. Los pequeños detalles no alteran las vivencias en sí.
No quedé muy segura de si me había entendido o prestado atención, dado el propio estado de excitación que mostraba. Con los dientes, sin soltar en ningún momento mis muñecas, comenzó a desabrochar los botones de mi camisa. Algo delirantemente lento. La boca no tiene la pericia de los dedos. Yo estaba loca por que me comiera las tetas y aquello se demoraba como un suplicio. Dulce suplicio no obstante, que tampoco me llevó a protestar. Esa noche estaba allí para descubrir y aprender, no para exigir. Iba a dejarle hacer las cosas a su manera. Ya habría tiempo después para juzgar y, a lo que parecía por lo seguido hasta el momento, difícilmente el veredicto sería distinto a uno de culpabilidad. ¡Culpable de proporcionarme un orgasmo como en muchos años no había vuelto a sentir! ¡Condenado a volverme a proporcionar aquel placer muchas más veces en lo sucesivo!
Con los dientes mordió el sujetador para, tirando hacia arriba, desnudar mis pechos que ante él explotaron en toda su voluptuosidad carnal.
-¿Son naturales?
Parecía sorprendido. Sonreí.
-¿Qué esperabas? ¿Silicona?
-Me habían dicho…
Se interrumpió él mismo para mirarme compungido. Reí divertida.
-¡Pero mira que eres gamba! Anda, sigue comiéndome las tetas.
Ahora ya directamente, no sobre la tela de la camisa. Of course. Sabía que circulaban aquellos comentarios sobre mis pechos. Había muchos que no podían creer que unos tan voluminosos y bien puestos a mi edad, no fueran operados. Ningún problema por mi parte. Por un lado, lo cierto era –y es- que, si bien no había silicona dentro de ellos, sí habían pasado por el quirófano para una operación de reafirmación ;mordió uno de mis pezones y yo me creí morir. Dolía, pero era un dolor que no resultaba desagradable. Al menos no en aquella intensidad, ligera todavía y que inclusive aceptaba una mayor presión todavía. Luego pasó a mordisquearlos más suavemente, lamiéndolos y mamando también deliciosamente. Fui en ese momento consciente de su juego. No andaba tan desatado como me había parecido entender. Muy por el contrario, se estaba empleando a fondo para demostrarme toda su ciencia en la cama. ¡Adorable macho! Reí de nuevo.
Dejando mis tetas entonces, alzó la cabeza para mirarme a los ojos de nuevo.
-Veo que eres muy guasona.
Quizá no le había sentado demasiado bien aquello. Al fin y al cabo, el pobre actuaba movido por la mejor voluntad. Bueno, tampoco debía haber enfadado demasiado. Era parte del juego el tira y afloja.
-Ahora me toca a mí –afirmé desafiante. La mirada perversa, trémula la entreapertura de mi boca.
¡Qué maravilla! Cuando las cosas resultan ideales –en materia de sexo se entiende-, todo sale rodado. Si antes había “forcejeado” sin éxito en algún momento para liberar mis muñecas, ahora simplemente se escurrieron de su presa cuando me escurrí hacia abajo. No hacían falta palabras para que intuyera a la perfección cuál era el momento de reforzar y cuál el de aflojar.
De rodillas ante él, comencé a desabrochar los botones de su pantalón de franela gris. En un principio tuve la idea de seguir el mismo excitante juego que él y hacerlo con los dientes, pero deseché la idea a medida que descendía. Quizá en otro momento. Ahora estaba demasiado excitada para entretenerne en esas cosas.
¿Cuánto tiempo hacía que no había hecho una mamada? ¿¿Seis años? ¿Siete? ¿Más? No, más no, pero tampoco menos de cuatro. Eso seguro. Con el tiempo, la intensidad del sexo en mi relación con Alberto había ido decreciendo. De habérmelo pedido se la hubiera hecho, pero ciertamente sin ganas. Él podía intuir eso y nunca lo hizo. O al menos yo creí siempre que se debía a ese motivo. Yo tampoco le pedía a él otras cosas. En mi caso, simplemente no me apetecía. Ahora era distinto.
Cuando conseguí tocarla con mis dedos, me sentí gratamente estremecer. Aquel tacto tan suave… Con toda seguridad, ni menos ni más suave que el de la de Alberto, pero resulta todo tan diferente cuando es el deseo y la fiebre sexual quienes guían tus movimientos…
En cambio me sentí algo desilusionada cuando finalmente apareció su polla ante mis ojos. Ya andaba morcillota y camino de la erección, pese a lo cual mostraba un tamaño bastante discreto. Había esperado algo más goloso a la vista. En fin…
Comencé entonces a mamar con deleite. Lo primero que aprecié al paladar, fue un ligero sabor a orín. Ya antes lo había captado al olfato. No quise decir nada. Pedirle que se lavara hubiera implicado implícita llamada de atención sobre aquel detalle. Hacerlo probablemente le hubiera cortado y no encontré el detalle de suficiente importancia como para ello.
-Házmelo con las tetas también -me pidió en un momento dado. Al primer momento no supe cómo tomármelo. ¿Quería decir aquello que no lo estaba haciendo suficientemente bien solo con la boca? No, más bien no. Sus movimientos de pelvis contra mi cara daban a entender lo contrario. Le miré desde abajo a los ojos. Sonreí.
-Por supuesto.
Me gustó hacerlo. No era algo que hubiera prodigado mucho. Sí había hecho unas cuantas pajas con las tetas, pero nunca había sido algo en lo que me especializara particularmente. Mis amantes, incluido Alberto, las habían usado más que nada para acariciarlas y mamar de ellas. Ver la mirada de Laureano ante las perspectiva de lo que le esperaba, encendida y encantada, me dio la certeza de que en lo sucesivo en cambio, haría muchas más.
Y no debí hacerlo muy mal, porque al cabo de unos minutos me tomó por el brazo para, ansioso, llevarme a la cama.
-Una condición –únicamente objeté con una misteriosa sonrisa.
-La que quieras.
-Nunca he bebido semen.
No pareció encontrar problema en ello.
-Vale, no te preocupes.
-No me has entendido.
Me miró ahora extrañado.
-Quiero hacerlo esta noche.
Sí, quería hacerlo. Aquella noche debía marcar un cambio importante en mi vida, y era cosa de señalarlo bien. Y además, ciertamente me apetecía. Quería un cambio radical. En lo sucesivo iba a disfrutar del sexo y de la vida. Era como un nuevo despertar, como arribar de nuevo a la pubertad con nuevos propósitos e intenciones.
-Dejo de mamártela y vamos a la cama para que me folles bien follada, pero quiero que te corras en mi boca. Tu leche la quiero en mi boca.
Semejó divertirle la propuesta, si bien tampoco fue la reacción que hubiera esperado. Pensé que iba a resultarle especialmente excitante la idea. En cambio ya digo, se mostró divertido pero nada más.
Al primer pijazo me la hundió hasta los huevos. En la posición del perrito y desde atrás. Andaba ya más que lubricada, con lo cual yo misma fui la que a ello le incitó con mis movimientos. Fue maravilloso. Un orgasmo continuo casi desde el principio y hasta que él también se corrió sobre mis glúteos. Después se lamentó, casi antes de acabar de vaciarse.
-¡Ah, perdona! Olvidé…
-Te voy a matar –aseguré susurrante y melosa, todavía a cuatro patas y de espaldas a él, ligeramente ladeada la cabeza para sonreírle-. La siguiente la quiero en la boca sin falta.
Nos tendimos entonces boca arriba en la cama para charlar un poco. Él se levantó al cabo de unos minutos para tomar un par de botellitas y cocacolas del pequeño frigobar de la habitación y preparar un par de fenetcolas. Luego seguimos hablando.
-Nunca hubiera imaginado que fueras así.
-Así… ¿cómo?
Se sintió atorado.
-Así de fogosa… caliente.
-¿Te molesta?
Giró el rostro para mirarme socarrón. Luego me dio un beso con lengua.
-Me encanta. Pero nunca lo hubiera imaginado. Eres una mujer increíble.
-Oh, vaya. Explícame eso.
-Siempre te había conocido tan seria… ¿Habías hecho algo así antes? Es decir… -me miró repentinamente preocupado- si no es indiscreción preguntarlo.
Reí encantada con mi conquista. ¡Era adorable! Ahora fui yo la que le besó. Ligeramente, sin lengua esta vez.
-No me molesta. Olvida que soy la mujer de tu socio .
-¿Le habías sido antes infiel a Alberto?
-Si.
-¿Sí? –se mostró muy sorprendido, haciéndome reír de nuevo.
-Pues claro que sí. Muchísimas veces.
Me sentía bien. Aquello no era cierto, vosotros ya sabéis, pero me gustaba la sensación de ser una mujer infiel a su marido. Me gustaba. Mucho.
-Y muchísimas más se lo voy a ser –añadí acercándome para besarlo de nuevo.
-¡Uff! ¿Quién lo hubiera dicho?
Me agradó su sorpresa.
-¿Por qué?
-Se te ha visto siempre tan correcta… tan respetuosa con él. Por eso me extrañó cuando antes me dijiste que te habías acordado de tu marido.
Reí divertida.
-¿Por qué te hace gracia? –se vio también él divertido.
-¿Crees que soy una mujer respetuosa con mi marido? ¿Una buena esposa?
-Pues yo hubiera jurado que sí. Al menos hasta esta noche.
Reímos.
-Pero me llamaste revoltosa cuando te dije que me había acordado de Alberto. Pareció que te gustaba que lo fuera.
-Sí.
-¿Por qué?
-No sé… fue morboso.
-¿Te pareció morboso estar poniéndole los cuernos a tu jefe y que además me acordara de él mientras me morreabas y me tocabas las tetas? –le pregunté sonriendo juguetona.
-Sí… -aceptó él ya más suelto-. Fue excitante. ¡Pero no se lo digas nunca!
-¡Ja, ja, ja! –reímos.
-Ahora verás…
Estirándome para alcanzar el bolso que permanecía en el suelo, extraje de él el móvil. Volviendo a la cama después, hice una llamada al de Alberto.
-¿Estás loca? ¡Son la una y media de la mañana!
Sí, entre unas cosas y otras había pasado el tiempo…
-Hola Nora –se escuchó la voz de Alberto al otro lado del aparato.
-Hola Alberto –respondí sin perder mi pícara sonrisa ni dejar de mirar a Laureano a los ojos. Accioné el manos libres, al tiempo que con un dedo ante mis labios le conminaba a guardar silencio.
-Estaba ya durmiendo, me has despertado. ¿Ocurre algo?
-No, nada… -le respondí mientras me inclinaba sobre la entrepierna de mi amante- Es sólo que tengo que hacer un par de llamadas mañana y necesito el número de expediente de lo de Alvaro Fontaner. ¿Puedes pasármelo?
-Claro, un momento…
Comencé a mamar entonces con deleite, mientras el ya nuevamente cornudo de mi marido se dirigía al despacho de casa para buscar el archivo.
-Vale, apunta… -se escuchó al cabo de unos minutos-. ¿Estás?
-Sí, sí… no te preocupes. Es que me duele un poco la garganta. Por eso prefiero hablar poco, pero tú di que te escucho.
-Vaya… sí, métete en la cama y cuídate. Apunta pues.
Laureano estaba a punto de partirse de risa, haciendo verdaderos esfuerzos para no acabar en ello y así delatando su presencia. Yo por mi parte, mamaba y le miraba a los ojos igualmente feliz.
Esta vez sí cumplió. ¡Y cómo! Quién hubiera dicho que ya llevaba dos corridas en las ultimas cinco o seis horas. Me encantó. No tanto el sabor del semen, que ni fú ni fá –algo irritante al paladar, pero nada que llegue a lo desagradable tampoco-, como el morbo de sentir a un hombre derramarse en tu boca y beber hasta la última gota de su esencia. Es como si absorbieras su vitalidad. Como una especie de vampirismo sexual. Me encantó. Por supuesto, bastante después de haber colgado. Por supuesto.
Al día siguiente nos levantamos temprano. Nuestro cliente nos esperaba en el despacho del suyo. Mientras me abrochaba la camisa, Laureano llegó por detrás para rodearme con sus brazos y agarrarme las tetas. Me gustó mucho su forma de expresarme su atención para con su jefa.
-¿Repetiremos?
Ladeé la cabeza para sonreírle encantada. Nos besamos.
-Claro que sí cariño.
Nora
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