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TRÍO JUNTO A MI ESPOSO

 Tremendo lo tuyo , veo que te encantan los cuernos, te voy a contar como siguieron la cosa aprovechando que lo estaba redactando para publicarlo

Nos tomamos junto a mi esposo una semana de paseo,.Sería una segunda luna de miel. Aprovecharíamos esa semana al máximo: en el día a pasear, en las noches a bailar y coger  luego. Sin embargo, de tanto caminar y bailar, estuvimos toda la semana sin cojer. Una noche antes de regresar las cosas cambiaron radicalmente..

. Aquella noche comenzó como las anteriores: tras paseos, baile, tragos, en una discoteca que ya habíamos visitado. Allí conocimos a César, un cordobés de tez morena oscura, debo reconocer que bastante guapo, de unos 40 años y muy amable. Lo conocimos al presentarse un incidente tonto en la entrada de la discoteca y unas horas después, ya en el interior del local, se nos acercó y de una manera muy amable le pidió a mi esposo si  me permitía bailar. Mi esposo que no es muy celoso y estando ya un poco tomado aceptó amablemente, yo también, pues sentí curiosidad por bailar con alguien de allí.

La pista estaba a reventar, así que César y yo pronto dejamos de ver a mi esposo. Tuvimos que bailar muy pegados un set de salsa, también reconozco que bailar con él, así pegaditos, me resultó inquietante. Así pegados, su paquete rozaba con mi vientre, mis senos se presionaban en su pecho firme, su aroma varonil, su cercano aliento, su mirada tan cerca de la mía, cuando me comentaba cosas sin importancia pero a centímetros de mi cara, su fuerte cuerpo, fue de un efecto electrizante increíble. Mis pezones reaccionaron endureciéndose, supongo que César también lo notó. Me llegué a calentar hasta sentirme avergonzada por mis sensaciones, yo que nunca he sido infiel, salvo los juegos que considero inocentes, que he hecho por internet. Traté de alejar esos pensamientos y sensaciones y seguir bailando. Luego de calentarme y apenarme, terminamos de bailar, mientras caminábamos entre la multitud César me agarraba dulcemente de la cintura para ayudarme a pasar entre la gente. Sentí sus manos firmes y masculinas en mi cuerpo y me encantó. Luego de ese momento, César se quedó cerca de nosotros, en ocasiones seguía sacándome a bailar, aunque sentí que cada vez eran más los roces, las miradas y la seducción, al mismo tiempo cada vez me dejé llevar más por la situación.

Cerca de las 2 am. Nos dispusimos a irnos, pues mi marido ya se estaba poniendo pesado además había bebido algo de más Junto a César, conversábamos los tres, hasta compartimos una ronda de tragos. Salimos de la discoteca como si hubiésemos llegado juntos. Al salir, nos preguntó hacia dónde íbamos. Solo sabíamos el nombre del hotel, así que se ofreció a compartir el taxi para indicarnos el lugar. El taxi que tomamos no tenía puesto delantero, por lo que compartimos el asiento trasero, que tampoco era muy amplio. Allí mientras estaba sentada apretada al centro de ambos hombres, pasó por mi mente por primera vez la posibilidad de lo que haríamos luego una realidad. Recuerdo incluso que con mucha discreción, César rozaba mi piel, sobre todo cuando pasamos por algún lugar oscuro, me tocaba suavemente los brazos. Al llegar al hotel, de manera sorpresiva mi esposo le ofreció: "porque no subes y no tomamos otro trago". César disimuló algo de pena, se hizo rogar algo pero aceptó.

Una vez en la habitación, mi marido le sirvió un trago, pero pronto se disculpó y se fue al baño. Estaba algo tomado y se. Para ese instante ya César me miraba diferente, sabía que yo estaba excitada, se me notaba, se sentía en el ambiente. Me miraba de manera seductora, hurgaba mis senos con sus ojos, era evidente que algo pasaría.

Mi esposo salió del baño. Se había quitado la ropa, dejándose sólo su bóxer. Sin decir nada se lanzó a la cama y allí quedó como muerto. César, tratando de disimular, dijo: "bueno, mejor me marcho" y simplemente se levantó. Yo, un poco decepcionada, lo acompañé a la entrada de la habitación. Allí se me acercó de nuevo, como para despedirse, pero el nuevamente el roce de su piel, la química entre nosotros, me traicionó de nuevo. Disimulando darme un beso de despedida, terminamos besándonos. Primero suavemente, rozando nuestros labios, los míos delgados con los suyos gruesos y ardientes, luego vinieron los besos con pasión. La lengua de César desató mi lujuria, la excitación me llevó a perder toda racionalidad. Allí pegados a la puerta de la habitación nos besamos con lujuria, nos comimos las bocas, comenzamos a acariciarnos a pocos metros de mi esposo, quien dormía profundamente ( o se hacía el dormido) . César aprovechó para acariciar mis senos, acariciar  mi cuerpo, mientras yo acariciaba  su espalda musculosa. Metió la mano debajo de mi blusa y subió mi sostén, manoseó mis tetas, se detuvo con pasión en mis erectos pezones. Yo ya no me resistía, me dejaba llevar por la pasión, olvidándome por un instante de mi esposo ebrio cerca de nosotros. César bajó su cara para dedicarse a lamer mis pezones, a chupar mis senos, algo que me encanta y me excita. Viéndolo hacerlo me volvió loca de ganas, pero también me permitió por primera vez en minutos levantar la mirada hacia donde estaba Mi esposo  dormido, semidesnudo, boca abajo, ajeno a mi infidelidad. Sentí remordimiento, pasó por mi mente la idea de detener a mi amante, sumergido en mis tetas, chupando, pero honestamente no tuve fuerzas, estaba demasiado excitada, apenas tuve fuerzas para separar suavemente con mis manos a quien me producía ese enorme placer.

César interpretó ese gesto más bien como un reto, un desafío. Me volvió a besar y me empujó  hacia el interior de la habitación. ¡Estábamos al lado de mi esposo! Allí se quitó su camisa, descubriendo un pecho cuidado, un cuerpo varonil, definitivamente es un  macho  bello. Trató de hacer lo propio conmigo, pero estando al lado de Mi esposo  me traté de negar con gestos halando mi blusa hacia abajo y negando con la cabeza al tiempo que miraba a mi esposo. Era obvio que mi negación tenía más que ver con el hecho de que allí estaba mi esposo a que no tuviese ganas de cojermelo . Así lo comprendió César, quien tiró una de las almohadas al piso alfombrado de la habitación, en un gesto a invitarme a cojer en el suelo, dado que la única cama estaba ocupada por mi ebrio marido. César se desnudó ,se desató sus ajustados jeans y bajó suavemente su ropa, dejando al descubierto un hermoso pene erecto. Él estaba muy bien dotado. Me miró fijamente, aunque yo no podía de dejar de ver su tremendo cuerpo. Aunque tuve varias parejas antes de mi  esposo , honestamente no creo haber estado antes con un hombre así. Se zafó con los pies sus tumbados pantalones, su bóxer y sus zapatos, quedando completamente desnudo. Me sonrió con dulzura y se acercó de nuevo, mientras yo, prácticamente al lado de la cama donde Mi esposo  dormía o fingía hacerlo estaba petrificada. Recuerdo muy bien las sensaciones, extrema excitación, podía escuchar mis propios latidos, mi respiración se hizo profunda. Era evidente mi estado. Nuevamente me besó, de nuevo con mucha dulzura. Repetimos con exactitud la escena de los besos apasionados, las caricias, ahora yo acariciaba su torso desnudo, de nuevo metió mano debajo de mi blusa, mi piel se estremecía con sus manos, mis pezones respondían a sus caricias y suaves pellizcos. A diferencia de hace unos minutos, hice yo un gesto, alcé los brazos hacia arriba, como pidiendo que me despojara de la prenda, así lo hizo. También con maestría soltó el sostén. Quedaron al aire mis senos, que modestia aparte (que lo digan los que los han visto en internet, je je) son muy lindos, firmes, redondos, con algunas pecas y con unos bien formados pezones rosados. César quedó extasiado con la vista. Gastó unos segundos que parecieron minutos mirándolos embobado. Reaccionó acercándose a seguir con su rica labor de mamarlos, lamerlos, comérselos. Yo llevaba mi pantalón marrón que me hace buena figura, así que el siguiente paso fue soltarlo. Lo hizo y bajó de un golpe mi pantalón y mi sexi hilo negro que pensaba estrenar con mi esposo, quien ahora dormía al lado de esta escena erótica en la cual no estaba invitado.

Ya desnudos no había más que hacer. Olvidé por completo, aunque suene increíble, siquiera que mi esposo  estaba allí. César me empujó  con delicadeza al suelo alfombrado y allí nos entregamos a la pasión. Comenzó a besar mi cuerpo, claro que de nuevo los senos fueron sus predilectos. Bajó lentamente a mi vientre, a mi vagina depilada y húmeda, deseosa de su boca. Comenzó lamiendo mis labios vaginales, mojados, trémulos de deseo, sentía corrientazos de placer. Yo gemía suavemente, suspiraba con profundidad con cada chupada, cada lengüetazo. De allí paso al interior, al fruto deseado, lamió mi clítoris y sentí que me paralizaba de placer. Solté un sonido desde mi garganta: ¡¡AAAGG!! Sin tomar en cuenta que mi esposo dormía la borrachera arriba de la cama. De los lengüetazos pasó a comerse mi vagina, abría la boca como queriendo tragarse mi concha, mis labios vaginales, mordía goloso mi clítoris, yo estaba a punto de explotar, hasta que, con la lengua me masturbó y pronto vino mi primer orgasmo, profundo, eléctrico, divino. Volví a soltar un sonido de placer, esta vez un mugido ronco acompañado de mi cuerpo arqueándose, poniéndose tenso hasta en el último músculo.

De allí mi amante subió de nuevo besándome el vientre, lamiendo mi estómago, impregnándome de mis jugos. Llegó de nuevo a los senos y claro que volvió a chuparlos, noté como su cuerpo se arqueaba, ya sabía para que. Abrí las piernas a sabiendas de lo que hacía, consciente (¿o no?) de lo que seguía. Pronto sentí su duro pene rozando mi sensible clítoris, estaba deseosa de ser penetrada, de sentirlo entrar. Se tardó una eternidad, así lo sentí, rozaba con su palo la entrada, se mojaba con mis jugos, hasta que yo misma empecé a maniobrar mi cadera para hacerlo entrar. Fue un alivio divino. Sentí como una lanza ardiente entraba en mi ser. Me quemaba de placer. Sentí que era más grande y más grueso que el de Mi esposo , hacía tiempo no sentía un varón así. Lo metió hasta el fondo y lo dejó inmóvil unos segundos. Así aprecié con sumo placer su grosor, su textura. Comenzó a bombearme, con profundidad, como si quisiera traspasarme, sentí un infinito placer. Respiraba sobre mí y yo soltaba gemidos suaves de placer. Se levantó sobre si para tomar en sus manos mis tetas. Las pellizcaba, se agachaba a lamerlas, era todo un macho sobre mi cuerpo, haciéndome suya. Así estuvo un buen rato, hasta que ya mas decidida lo abracé para rodarnos y quedar sobre él. Cuando allí estuvo comencé a cabalgarlo. Me metía lo más profundo que podía ese gran palo, a veces suavemente, a veces acelerando. Él no cabía en su placer, chupaba mis pezones, mallugaba mis tetas, apretaba mis glúteos, alcanzaba a meter un dedo en mi ano. Era todo un semental.

Luego de tenerlo así un rato fue que me incliné más hacia arriba. Mientras lo cabalgaba, en ángulo de 90° mi rostro quedó a la altura de la cama. Sin querer volteé a un lado y allí estaba: Mi esposo  dormido, boca abajo aunque noté que en otra posición de su cuerpo. Me sentí como la peor mujer del mundo, la perra más grande del mundo. Contrario a lo que cualquiera habría hecho, eso me excitó aún más, la sensación de ser descubierta, el atrevimiento de hacerlo junto a él, fue una sensación que se añadió en ese momento.

Tras la cabalgada exquisita, César me movió para que bajara, allí vi su pene duro, rígido, enorme. Lo tomé en mi mano y sin más comencé a mamarlo. Sabía a mis jugos, algo que con mi marido nunca he podido hacer, porque siempre me ha desagradado el sabor de una vagina. Pero allí era distinto, tenía al pene oscuro y venoso de César en mis manos y no pude evitar mamarlo. Lo chupé un buen rato. Masturbé con mi boca ese falo. Él aprovechó para meterme mano, acariciar mi vagina, meter uno o dos dedos en mi vientre, manosear mi clítoris, jugueteó con un dedo en mi ano, el cual estaba también mojado por la cantidad de jugos vaginales. No resistí mucho, necesitaba ese palo dentro de mí. Leyó mi pensamiento, yo estaba a gatas, allí en cuatro patas vino por mí de nuevo. De un golpe divino metió su pene en mi vientre. Comenzó de nuevo con su bombeo. No sé por qué razón del destino pero cuando levanté la mirada de nuevo estaba allí. Su rostro dormido, entregado a su sueño como yo a mi amante. Sentí de nuevo esa sensación, al punto de sentir que venía un segundo e inmenso orgasmo. Aceleré los movimientos y César, que con sus manos tocaba, pellizcaba, acariciaba , aceleró también. Sentí nuevos corrientazos, tensé mi cuerpo y lancé un gemido más fuerte, no sé cómo Mi esposo  no se despertó con ese ¡aaagggg, aaayyy! Que recuerdo claramente que hice. Pensé que tras la acabada, César sacaría el pene y me dejaría descansar, me equivoqué.

Sacó su pene de mi agotada concha, empapado, para comenzar a meterlo en mi ano. Estaba dilatado por el juego previo, así que no se resistió nada. Mentiría si digo que me dolió, no sentí sino placer. Mi ano no es virgen, pues ya Mi esposo  lo ha desflorado hace años y de vez en cuando se lo doy a probar. César metió su palo sin problemas, suavemente, dejando pacientemente que el esfínter se dilate. Él gemía mientras sentía mi orto abrirse. Volví a ver al rostro dormido de mi esposo. Ya mi descaro era tal que no tenía remordimiento en verlo con desenfado, penetrada en mi ano por un macho en su presencia. Creo que César notó en ese momento mi actitud desafiante, mi mirada retadora a mi esposo en profundo sueño y me empujó para que subiera mi torso a la cama. Parece una locura pero lo hice, subí la mitad de mi cuerpo a la cama, dejando mi cola colgada, bien respingada para seguir siendo cojida analmente. Así quedé tan cerca de Mi esposo  que podía tocarlo, no resistí. Por alguna perversa razón empecé a acariciar el torso desnudo de mi esposo, mientras la cama se balanceaba por los embates de César metiéndose en mi ano. El ritmo frenético me hacía estremecer de nuevo, tal vez ayudado por la acción de tener así a mi marido. Empecé a besar su espalda, él, ebrio y dormido, no reaccionaba a mis besos ni al movimiento rítmico de la cama o a los gemidos de César. Sentí que mi amante estaba cerca de acabar y supuse que quería hacerlo en mi ano. Me concentré en moverme a su ritmo, haciendo que ese negro formidable empezara a bramar de placer. Pronto sentí una gran cantidad de líquido caliente en mi culo, me llenaba al tiempo de lanzar un gemido. A esa altura ya yo estaba sintiendo ganas de un nuevo orgasmo, pero mi amante estaba listo.

Mi amante acabó y se acostó sobre mí. Ahora éramos los tres sobre la cama. Estaba agotada, pero también excitada. El cansancio, los tragos, el sexo ardiente y los orgasmos sentidos nos derrotaron. Parece insólito pero fue cierto, nos quedamos rendidos en la cama, apenas tuvimos fuerza para subirnos a la cama. Mi esposo  ni siquiera sacó su pene de mi cola. Subió clavado a mí y allí quedamos. Dormidos profundamente, seguros de que mi esposo, ahora cornudo, no despertaría. Nos equivocamos.

Lo que ocurrió poco después evidentemente fue mi esposo quien me lo contaría tiempo después, pues en ese momento yo estaba dormida. Mi esposo, ayudado con las sacudidas y los gemidos, despertó lentamente de su sopor. Lo primero que sintió fue mi presencia desnuda a su lado, algo que no era extraño a él. Sin moverse tocó mi cuerpo desnudo, aún ignorando lo ocurrido. Pero mientras se reponía levantó su rostro de la cama, descubriendo que no estaba sola. César, profundamente dormido, abrazaba por detrás mi cuerpo inerte, acoplado a mi cadera como quedamos tras la increíble cojida. Me contó sus sensaciones, sus primeros pensamientos, pero igual me imagino su asombro. Su esposa amante, su mujer, en esa posición, evidentemente derrotada por una ración de sexo ajeno. Ahora bien, conociendo como creía conocer a mí marido me hubiese imaginado una típica reacción: golpes, gritos, hasta un crimen pasional. Pero ¡NO! Como si de cualquier cosa natural, se levantó, fue al baño, supongo que hasta habrá llorado de la rabia, pero me contó que el resto de la botella de whisky que traíamos y con la que pretendió invitar a César, se la tomó directo de la botella, sentado contemplando a los amantes, quienes satisfechos dormíamos ajenos al descubrimiento. Los tragos, el dolor, la escena erótica, la rabia, no sé. Pero lo cierto es que mi marido , , se acercó a mi cuerpo desnudo y comenzó a acariciarme, como él sabe hacerlo. Como cuando me despierta excitada para un "mañanero", pasó a lamer mis pezones relajados, me movió con discreción para separarme de mi amante quedando yo boca arriba, con las piernas semiabiertas. Allí empezó a comerse mi concha, olorosa a sexo y semen ajeno, pero evidentemente que él sabe cómo despertar mi erotismo. De hecho, les cuento que muchas veces me ha despertado con esas caricias, esas mamadas y para cuando ya estoy consciente ya está follándome rico. Eso fue lo que hizo.

Empezó mi esposo su tratamiento de excitarme dormida, con lamidas, caricias y besos. La parte cumbre suele ser comerse mi concha. Yo abrí las piernas y sentí un gran placer, aún semidormida y olvidando lo que había ocurrido hace poco. Estaba tan agotada que, dentro de mi gran excitación, sólo me dediqué a sentir placer, ajena de que mi amante anterior seguía allí. De repente, como mi esposo suele hacer en esos casos, subió sobre mí y comenzó a penetrarme. Aún semiconsciente, sentía su suave bombeo como algo exquisito. Claro está que con todo esto fui terminando de despertar. Lo primero que descubrí al abrir los ojos era que había apagado la luz, por lo que por un segundo ni siquiera estaba clara de donde estaba. Poco pasó para que terminara de caer en cuenta de lo que ocurría. Mi marido me cojía  al lado de mi anterior amante. ¡Me petrifiqué! Abrí con fuerza mis ojos hasta descubrir que César dormía tan cerca de mí que aún tenía contacto físico con él, podía tocarlo. Estuve aterrada sobre lo que ocurría hasta que, con el movimiento noté que César despertaba lentamente de su sopor sexual. Volví a mirar a mi esposo y no pude evitar sentir mucho placer de su cojida. Era una mezcla de placer, miedo, sorpresa. No me atreví a decir nada, no entendí porqué lo hacía. César fue despertando y no tengo idea que pensaría cuando, ya consciente, entendió que allí estaba yo follando con mi esposo. No sé qué pensó pero puedo suponerlo. Imagino que este chico pensaría que yo era alguna ninfómana insaciable y que quería más. Lo digo porque su reacción fue la de empezar a tocarme, a acariciarme los senos. En la oscuridad distinguí quien era cada quien, pero no sé si mi esposo estaba buscando esto. Sólo se dedicaba a cogerme como lo que era, una puta.

Mi esposo  se levantó sobre mí, no sé si para invitar a César a meterse en la fiesta. Pero apenas subió su cuerpo, César se abalanzó sobre mis tetas. Las chupaba, yo aún no sabía qué hacer, aunque claro está me excité muchísimo con aquello. Tras salir de mi estupor unos segundos y dominada por la excitación de estos dos amantes, decidí entregarme al placer. Extendí mi mano para comprobar cómo estaba el bello pene del bello negro. Ya estaba en su punto. Lo masturbaba mientras mi marido me cojía . Como suele pasar, me giré sin sacarlo para quedar en cuatro patas. Allí mi esposo  se aplicó a bombearme con fuerza, en cojerme  a su gusto, y al mío, aunque esta vez, supongo por el momento, me penetraba con fuerza, casi con furia, pese a su verga pequeña.. César se colocó frente a mí y me colocó en la cara su verga erecta. No perdí tiempo en comérmelo, lo chupaba al ritmo de las penetraciones que recibía de mi esposo, quien gemía de placer. Ya a esta altura estaba en éxtasis. Cojida ahora por mi esposo, mamándoselo a mi amante y luego de ser cojida de esta manera, Mi esposo  se acostó en la cama y me atrajo para que subiera sobre él. Allí me subí, clavándome su palo en mi dilatada vagina. Seguí con la cabalgata unos segundos, abstraída e ignorando a mi otro amante, hasta que lo sentí detrás de mí, acariciándome, lamiendo mi espalda. Comenzó a montarse detrás de mí hasta colocarse en posición de hacerme una doble penetración. Mientras cojía  a mi esposo, César comenzó a acariciar su pija en la entrada, metiéndose poco a poco. Noté como mi esposo , acostado plácidamente debajo, colaboraba con la maniobra de quien se había cojido a su mujer, quedándose quieto. Me sentía llena totalmente al tener un pene en mi concha y otro en mi ano. Comenzaron a moverse tímidamente. Me excitaba la sensación, el trío exquisito y ardiente, tenía ganas de acabar pero necesitaba seguir.

César sacó su pija de mi ano, y se quedó arrodillado a un lado, mientras yo seguía montada sobre mi esposo. Él sabe que en esa posición me encanta acabarle. Cabalgué con fuerza, hasta que sentí que tendría un enorme orgasmo, tanto en el interior de mi vagina como en mi clítoris. Allí, ya sin frenos ni límites, grité mi orgasmo, gozándolo al máximo, ajena a mi pecado o a la presencia de mi amante. Lógico que tras esa acabada inmensa, caí sobre mi esposo, quien me movió suavemente para dejarme sobre la cama. Allí se acercó arrodillado sobre mi cuerpo inerte y le hizo una seña a César que evidenciaba que me posea . Sin pensarlo, el se lanzó sobre mí, metiendo sin más su palo en mi ya agotada concha. Lo metió con la evidente actitud de acabarme dentro, de llenarme una vez más de su leche. Mientras me bombeaba con frenesí, mi esposo se masturbaba César se colocó de manera de permitirlo, al tiempo de gruñir y bombearme con mucha fuerza, sentía su semen caliente en mi vientre, me sorprende cómo pudo sacar tanto después de la acabada que tuvo en mi ano. Mi esposo, al ver la escena del orgasmo del macho, respondió con un orgasmo rico, un enorme baño de leche que cayó sobre mi boca, mi cara, hasta me imagino que chispeó a César.

Los amantes estábamos agotados, satisfechos. Yo me quedé inmóvil sobre la cama. …

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