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Barbara, sus amantes y su esposo

Bárbara , sus amantes y su esposo

 

Miraba por la ventana, esperando la figura de su príncipe azul, su enamorado, aquel muchacho que como rutina pasaba por la calle a determinadas horas sabiendo que ella estaría ahí observándolo. Ella espiaba a través de la cortina, complacida de ver al joven recargado en el árbol de la esquina, determinado a esperar hasta verla aparecer. Su espíritu romántico terminó imponiéndose y se rindió al inocente coqueteo.

En el lento pasar de los días , Bárbara  sentía consumirse lentamente. El cosquilleo en el estómago había derivado ya para entonces en un escozor caliente que subía hasta sus pechos, inflamando sus pezones. Los sentía tensos y erectos contra el suave roce de su ropa interior. Los tocó temerosa de que su  esposo pudiera percibir la delatora evidencia de aquel deseo y un rayo serpenteó corriente abajo, haciendo pulsar un latido en las intimidades de sus muslos firmemente apretados.


¿Qué haces, mujer? – preguntó Rodolfo, dejando sobre la mesilla el libro que desde hacia mas de una hora devoraba en lapidario silencio,

Nada – contestó evasiva Bárbara  – tomaba un poco de fresco en la ventana.

Pues tómalo en otra parte – sentenció el marido – que no  es bueno mostrarse asi en la ventana. Cualquiera podría pasar por la calle y suponer cosas – concluyó.

¡Qué cosas dices! – exclamó ella, alejándose de la ventana. Al retirarse se observó en el espejo. El reflejo le devolvió la delatora mirada de sus ojos. Qué cerca estaba Rodolfo de tener razón.
Voy a refrescarme un poco – dijo a su marido sin obtener ninguna respuesta.

No sabía como había empezado a coquetear con Juan Pablo . Lo conoció en su trabajo y lo veía cotidianamente. A veces solo, a veces acompañado de personas, otras por la ventana aquella ventana que se había transformado en el ícono de su deseo . Le gustaron sus ojos oscuros y pobladas cejas. Su andar presuroso y decidido. Su juventud. Se sintió culpable inmediatamente. Le pesaron los casi 20 años él le llevaba. Le pesó no estar enamorada de de su esposo que la mantenía y la llenaba de lujos, y soñó que el lugar de Rodolfo lo ocupaba el joven desconocido.

Bárbara  sabía que aquello no era correcto .No podía exponerse así era una mujer casada no era cosa de un  juego de adolescente .

Cierta tarde a la salidad del trabjo, aprovechando la confusión del subte atibosrrado de ersonas él al oído le dijo: Estoy perdido por ti , locamente ardido– declaró emocionado tomandola por la cintura sutilmente y apoyándola un poco ayudado por la presión de la gente y el vaivén del subte.

Cuidado soy una mujer casada le respondió ella sin retirar sus caderas .
Lo cual no es impedimento para lo que siento por ti  – le dijo él.

Y eso quedó ahí ella al llegar a la Estación donde descendía para ir a su casa lo miró como esperando que él la llevase a alguna do, la retirase de aquel lugar , sentía que quería volar junto a su joven admirador , lejos d  su hogar que se asemejaba a una cárcel-

Bárbara  cerró la ventana. Los días ganaron poco a poco en atrevimiento. Las calurosas tardes propiciaban que Bárbara  acalorada abriera un poco el ajustado corpiño. El nacimiento de sus lechosos pechos era una tentadora aparición que Juan Pablo  siempre agradecía. Las cosas iban subiendo de tono y los días pasaban volando en aquel deseo que consumía sus jóvenes cuerpos.


El único tormento era el domingo, el único día de la semana en que Rodolfo estaba en casa. Trabajaba toda la semana atendiendo sus negocios, pero el domingo era sagrado y lo pasaba generalmente en el living, enfrascado en esas lecturas que parecían no tener fin.


¿Que estará haciendo Juan Pablo ?, se preguntó Bárbara  frente al espejo. Se tocó los pezones, aun erectos, recordando el día anterior, donde eran los dedos de Juan Pablo  quienes los frotaban a través de la ropa desde la ventana.


¿Te sientes mejor? – preguntó Rodolfo a sus espaldas de pronto.

Si, mucho mejor – balbuceó Bárbara  recuperando la compostura.

Me alegra – dijo su esposo  abrazándola desde atrás – porque estas esplendorosa .


Sus enormes manos se cerraron sobre su talle y comenzaron a  subir  hasta sus pechos. No, rogó Bárbara  para sus adentros, ahora no, por favor.


Pero que sensible estas, mujer – dijo Rodolfo al percibir la dureza de sus pezones – apenas si empecé a tocarte y mira como estas – terminó complacido.


Bárbara  sonrió con timidez. No era un tema que le gustara  comentar con su marido. El besó su cuello, buscando ese punto en la nuca especialmente sensible.


Rodolfo – se quejó ella – hace mucho calor.

Pues quitémonos la ropa – sugirió él muy motivado.

No – protestó ella escandalizada – no a plena luz del día.

¿Qué tiene? – continuó él metiendo una mano bajo las enaguas – somos marido y mujer, no?

Pero hay horas para eso – dijo Bárbara  alejándose hacia la cama.

Te equivocas – dijo Rodolfo empujándola sobre el suave colchón.


Bárbara , boca abajo, sintió como Rodolfo le subía las faldas. Todavía trató de protestar, pero sabía que sería inútil. Una vez que Rodolfo se excitaba, lo cual afortunadamente ocurría muy pocas veces, no había forma de detenerlo. El hombre continuó hasta llegar a la suavidad de sus medias. Incómoda, Bárbara  sintió sus labios recorriendo sus pantorrillas, los muslos y finalmente la parte baja de sus nalgas.


Rodolfo! – protestó al sentirlo hurgar bajo su ropa interior.


No hubo respuesta. Rodolfo le arrancó a tirones la tanga de lycra, dejándola desnuda de la cintura para abajo. La lengua aleteó en su sexo, húmedo a pesar de todo. Barby, con los ojos cerrados comenzó a fantasear con que era Juan Pablo  quien le hacia aquellas cosas y no Rodolfo. Abrió entonces las piernas. La experimentada lengua vibró entre los labios vaginales, subiendo y bajando, aproximándose al sensitivo clítoris. Jadeante, Bárbara  experimentó un fugaz pero potente orgasmo Aun con la ropa puesta, Rodolfo se abrió la bragueta y montó a su mujer. La vagina era un chorreante pozo de placer que le acogió con suma facilidad. El pequeño pero firme miembro necesitó apenas un par de sacudidas para explotar con espasmódico placer.


Satisfecho, se recostó contra Bárbara  y al poco rato se durmió. Bárbara  se levantó. El vestido era un desastre. Y su matrimonio también, pensó decidida. Si algún escrúpulo le quedaba, en ese momento quedó descartado. Tomó un baño de tina, pensando ya en las horas que faltaban para ver a Juan Pablo . Había decidido entregarse a su amor y acceder a los deseos del joven enamorado.


Pasa – le dijo al día siguiente – estoy sola.

Pero si siempre lo estas – dijo él entrando por primera vez en la casa.

Tienes razón – dijo ella, coqueta arreglándose los volantes del vestido.

Tu marido no debería dejarte tanto tiempo solita – se acercó él, buscándole los labios.


El beso desató el fuego que ya había empezado a incendiarlos desde hacía semanas. Las finas y alargadas manos de Juan Pablo  buscaron el corpiño como un imán. Desataron cintas, botones y demás trabas, hasta liberar aquellos gloriosos globos de suave y cremoso color.


Eres increíblemente bella – declaró al tener en sus manos los rotundos pechos.


Sonrió complacida y sonrió aun más al sentir aquellos labios bajando por el valle de sus pechos hasta atrapar un erecto pezón. Juan Pablo  chupeteó goloso los erguidos botones de carne, deleitándose en mordisquear la rosada y sensible punta al tiempo que sus manos comenzaban a desentrañar los misterios del cuerpo de ella.


Te he deseado por tanto tiempo – dijo él quitándole el vestido.

Y yo a ti, amado mío – dijo ella enardecida.

Demuéstralo – pidió él abriéndose los pantalones.


La experiencia de Bárbara  en materia de penes era extremadamente limitada. De hecho, salvo el de Rodolfo, no había visto ningún otro. De pronto sintió la urgente necesidad de comparar ese conocimiento y decidida bajó los pantalones de Juan Pablo . El erguido, moreno y largo  miembro del amante le sorprendió sobremanera. No sólo era mucho mas largo que el de su marido, sino también más grueso. Lo tomó en su mano, y comenzó a acariciarlo. Juan Pablo  gimió de placer. De pronto Bárbara  deseó hacer cualquier cosa para que continuara gimiendo de aquella forma. Tomo los suaves testículos en la mano y los apretó suavemente. Juan Pablo  le mostró como le gustaba ser acariciado, y la complaciente Bárbara  recorrió con sus blancas manos la morena y erguida protuberancia.


Bésalo – pidió el joven.


Bárbara  aceptó sin demora, algo que jamás había aceptado hacer con Rodolfo, aunque tampoco este se había atrevido a pedírselo. La suave, pero grueso pedazo de carne le llenaba la boca por completo. El intimo aroma de su entrepierna le llenaba las fosas nasales mientras continuaba chupando  la pija a lo largo y a lo ancho.


Ven – pidió él – no quiero entrar en ti  .  Uhmm , si  suspiró  ella hecha toda deseo.

Él se sentó en el sofá. Aquel mismo sofá en el que  su esposo acostumbraba pasar las horas leyendo. En vez de un libro, Juan Pablo  tenía entre las manos su verga gruesa y tensa. La llamó cariñoso y apasionado, y tomándola por la cintura la empujó  hacia él, indicándole que se montara en aquel hermoso trozo . Ella se montó casi en trance. Completamente desnuda y a plena luz del día. Ni ella misma lo creía. Antes de permitirle descender, Juan Pablo  metió la cara entre sus muslos. Lamió los abundantes flujos de su deseo, limpiando con su ardorosa lengua los pliegues de su intimidad.


Ahora – dijo un poco después.


Ella descendió , guiándose por el inflamado glande como si fuera un faro en la oscuridad . Lo acomodó en la entrada de su vagina y comenzó a descender. Sintió cada centímetro de aquella hermosa verga. Poco a poco fue empalándose, llenándose con aquella estaca de carne que parecía no tener fin, hasta que la sintió completamente dentro. Satisfecha, comenzó a cabalgar, mientras sus nalgas eran sostenidas por las tibias manos del amante, marcándole un ritmo suave e infinitamente placentero.


Tuvo no uno, sino varios orgasmos, mientras Juan Pablo  parecía aguantar sin mayor problema.


Ya, por favor – rogó ella besándole el rostro – he terminado ya cinco veces, no puedo más.

Sus deseos son ordenes, señora – dijo él galantemente.


Se puso de pie, sin romper el abrazo de sus genitales. La acomodó de espaldas sobre la mesa del comedor. El florero de rosas  cayó al piso haciéndose pedazos sin que a ninguno de los dos les importara. Allí, acariciándole los pechos y bombeando con potencia, alcanzó él su orgasmo, mientras Bárbara  le besaba los labios perdidamente enamorada.


Después de ese primer encuentro, la despedida les resultó casi dolorosa, pero prometieron verse al día siguiente.


Exhausta pero feliz, lo vio partir desde la ventana. Cubrió su desnudez con la cortina, viendo las anchas espaldas de Juan Pablo  perderse calle abajo. Aun no se apartaba de la ventana cuando vio a Rodolfo subiendo la calle. En esos extraños juegos del destino, ambos hombres se cruzaron y se saludaron brevemente con una  leve inclinación de cabezas , sin saber lo que ambos compartían.. Aterrorizada, ella  comenzó a arreglar el desorden de ropas en el salón. Se vistió lo mas aprisa posible, mientras su mente era un caos. ¿Porqué venía Rodolfo a aquellas horas?, ¿sospecharía algo?, le habría contado alguien de las visitas de un joven en la ventana de su esposa?.


Rodolfo llegó y la encontró en el piso, recogiendo los restos del jarrón.


¿Que pasó? – preguntó al ver el estropicio.

Una torpeza, solo eso – dijo ella azorada – tropecé y tumbé el florero.

¿Estas bien? – se acercó él –¿ no te lastimaste?

No – dijo ella alejándose de su contacto – no me pasó nada.

¿Estas segura? – preguntó suave y silbante, como una serpiente.


Ella vio que su esposo tenía en las manos sus medias. Habían quedado detrás del sillón. Demasiado tarde para inventar una excusa. Perdió el color en el rostro al verlo acercarse, pero trató de mantener la calma. Tal vez aun pudiera inventar una buena excusa.


Él le alzó las faldas, tomándola por sorpresa. Bárbara  tardó un par de segundos en reaccionar, tiempo suficiente para que los dedos de su marido llegaran hasta sus piernas desnudas y sin medias.


Hace tanto calor – balbuceó ella.


Los dedos se metieron bajo la ropa interior y encontraron la húmeda y olorosa evidencia. Rodolfo sacó los dedos  pegajosos de semen. Los llevó hasta su nariz, aunque era innecesario. El olor era inconfundible. Le volteó el rostro de una sonora bofetada.


¡Eres una puta! – le gritó colérico.


Barby , asustada, trató de alejarse, pero él la tomó por los cabellos.


¿Dónde te cogió? – preguntó furioso – sobre la mesa, ¿verdad yegua?, por eso se rompió el florero, no?


Ella no dijo nada. Estaba bloqueada, muda, aterrorizada.


Él la empujó sobre la mesa. Le subió la falda y le arrancó la ropa . Le abrió las piernas sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo. El suave vellón de su pubis tenía algunas gotas de semen adheridas entre los escasos  vellos  de su concha rasurada . Rodolfo acercó el rostro para olerlo. Sus ojos estaban desorbitados. Se abrió la bragueta y se sacó el miembro. Asombrada, Bárbara  descubrió que su marido, además de furioso, estaba excitado.
Comenzó a acariciarse la verga mientras la obligaba a abrir las piernas. De la vagina, comenzó a escurrir un poco de liquido, una mezcla de semen y jugos vaginales. Rodolfo metió un dedo en el orificio vaginal, y lo sacó brillante de humedad. Se lo llevó a la boca, como en trance, y lo lamió. Ella  lo miraba pero no se atrevía a moverse. Rodolfo la obligó a separar aun más los muslos. Su vagina estaba ahora completamente abierta, los labios separados, su sexo expuesto. Rodolfo enterró el rostro justo allí, y comenzó a lamer la mezcla que emanaba de ella, mientras aceleraba los movimientos de su mano, masturbándose, hasta que la dejó bien limpia. Entonces la empujó  de los cabellos, obligándola a hincarse frente a su miembro.


Chúpala, yegua– le ordenó – como seguramente le chupaste la pija  a tu amante.


Se la metió en la boca, en una mezcla de repulsión y deseo. Rodolfo la  refregó un par de veces dentro de su boca y se vació dentro de ella. Bárbara  sintió el deseo de vomitar al sentir el acuoso y espeso sabor en su lengua, pero su marido no le permitió hacerlo y no tuvo mas remedio que tragar la cálida sustancia.


Vete a tu cuarto y lávate – le ordenó – ya arreglaremos cuentas mas tarde.


Ella   se pasó toda la tarde encerrada. Angustiada, trataba de pensar en lo que haría Rodolfo con ella. Por momentos pensaba que sería capaz hasta de matarla, y luego soñaba con ser perdonada. Se juraba nunca mas ver a Juan Pablo , y minutos después lloraba por la suerte del amante.


La tarde se hizo noche y se quedó dormida. Rodolfo despertó a su lado, y sin ningún comentario se preparó para irse a trabajar como todos los días. En el desayuno todo siguió la acostumbrada rutina. Bárbara  le llevó a la mesa el café y la pipa, última etapa del ritual matutino.


¿A qué hora quedaste de verlo? – preguntó Rodolfo tranquilamente.


Bárbara  sintió que el corazón se le detenía. No supo que decir.


¡Te hice una pregunta! – explotó Rodolfo golpeando la mesa.

No pienso volver a verlo – balbuceó ella – te juro que solo ocurrió esta vez y no volverá a pasar – prometió sin poder contener el llanto.

No te creo – respondió él con fingida calma – te ves excitada, caliente, esperando que venga tu amante y te coja de nuevo.

No, Rodolfo – dijo ella escandalizada – ¿cómo puedes decir esas cosas?

Demuéstramelo – pidió él – ven acá.


Ella se acercó hasta la mesa. Rodolfo le metió la mano entre la ropa. Esta vez no había humedad alguna. Sus dedos eran casi dolorosos entrando en la reseca vagina.


La tiene grande, ¿verdad? – le preguntó sin sacar los dedos.

Qué cosa – preguntó  molesta por el abusivo ataque a su intimidad, pero sin atreverse a revelar.

No te hagas la tonta – continuó el marido – la poronga, ¿de qué tamaño la tiene? – continuó implacable.

¡Rodolfo!, cómo me preguntas eso? – se horrorizó ella.

Contéstame, puta, - silbó entre dientes, metiéndole con fuerza los dedos en la vagina.

No sé – gimió ella – no me fijé.

No te fijaste – contestó furioso – pero bien que abriste las patas para que te la ensartara. Seguramente la tiene más grande que yo, y por eso te acuestas con él.


Con todo y lo incomodo que era aquel interrogatorio, el estar hablando del pene de Juan Pablo  hizo que Bárbara  comenzara a excitarse. Los dedos de Rodolfo en su vagina no hicieron sino completar el cuadro. Su respiración se hizo entrecortada, el pecho subía y bajaba en su afanosa respiración.


Te calientas solo de pensar en su pedazo , atorranta – continuó Rodolfo implacable – dime cómo te cogió.


Renuente, pero entrando en el peligroso juego de su marido, ella  comenzó.


En tu sillón – confesó ella – me monté sobre él y me metí su pija.

Muéstrame cómo – pidió Rodolfo abriéndose la bragueta.

Ella tomó su pequeño miembro con la mano y lo puso en la dirección correcta. Rodolfo no la dejó sentarse sobre él, pero continuó manipulando su clítoris, manteniéndola al borde del orgasmo, pero sin dejarla alcanzarlo.


Me tengo que ir – dijo de pronto, a pesar de estar tan evidentemente excitado como ella – vendré mas temprano esta tarde.

Si – dijo ella – te estaré esperando – sola, por supuesto – agregó ruborizándose.

Ya veremos – dijo Rodolfo, y se marchó.


Bárbara  pasó el día tratando de recobrar su vida acostumbrada. No podía. Se sentía tensa, excitada y temerosa al mismo tiempo. Finalmente llegó Rodolfo, mucho mas temprano que de costumbre, incluso antes de que apareciera Juan Pablo  por la ventana.


¿A qué hora vendrá tu amante? – preguntó nada mas al llegar.

No te preocupes – dijo ella – no pienso volver a verlo.

Lo verás – dijo él – y yo los veré a ambos.


Ella no supo que contestar. Minutos después Juan Pablo  tocaba discretamente la ventana.


Abrele – ordenó Rodolfo – y ni se te ocurra decir que aquí estoy.


Se escondió tras las pesadas cortinas y temerosa, Bárbara  le abrió la puerta a su amante.


Qué pálida estas – dijo Juan Pablo  al entrar – aunque eso te hace ver aun más hermosa – dijo galante.


La tomó entre sus brazos y le buscó la lengua con un apasionado beso. Peso a todo, un rayo de deseo surcó el cuerpo de Bárbara . Comenzó a responder, olvidándose por momentos de que  su esposo la observaba. Pronto, Juan Pablo  comenzó a quitarle las ropas, mientras se desnudaba también.


Vamos a tu cama  – sugirió él – tendremos más intimidad.

No – dijo ella – no me sentiré cómoda en ese lugar, mejor quedémonos aquí – pidió,

Como tu quieras, mi vida – dijo él volviendo al ataque.


Desnudos, terminaron esta vez sobre el sofá. Allí la tumbó, esta vez boca arriba, y comenzó a besarle todo el cuerpo. Bárbara  miraba las cortinas, y el suave movimiento de la tela le indicó que su marido se estaba masturbando mientras espiaba lo que Juan Pablo  le hacía. Aquello era indudablemente morboso, pero también a ella le excitaba. Enroscó las piernas en la cintura de Juan Pablo , atrayéndolo hacia ella. El la penetró potente y firmemente, haciéndola delirar de placer con su bien proporcionada herramienta. Ella lo tomó por las nalgas, induciéndolo a penetrarla más profundamente. Así estuvieron, cogiendo ardorosamente, hasta que ella se vino en un escandaloso orgasmo, y poco después él también.


Todavía permanecieron abrazados un rato. Gozando del intenso placer obtenido.


Quiero quedarme entre tus brazos toda la tarde – dijo Juan Pablo .

No, mi amor – dijo ella – debes marcharte ahora, mi marido no tarda en volver.

De acuerdo – dijo él – será como tu quieras.
Juan Pablo  se levantó para buscar sus ropas y se despidió de ella dejándola desnuda sobre el sillón.
Te veré mañana – dijo dándole un ultimo beso.
Apenas la puerta se cerró, Rodolfo salió de su escondite. Tenía la cara arrebolada y la bragueta abierta. El miembro mas duro y congestionado que nunca. Respiraba afanoso, con los ojos nublados y desviados. No dijo nada. Se acercó a los blancos muslos, olisqueándola como un perro en brama. Ella separó las piernas, dejándole libre acceso hacia su sexo. El semen de Juan Pablo  empezaba a escurrir de su vagina. Rodolfo babeó de deseo al ver la jugosa cavidad rebosante de leche masculina. Comenzó a lamer de abajo hacia arriba. Su lengua lamía la sustancia cual si fuera miel escurriendo de un panal, masturbándose al mismo tiempo, ella  comenzó a acariciarse el clítoris, mientras él continuaba lamiendo el abundante recuerdo que el amante había dejado en su cuerpo, y con los ojos entornados tuvo uno de los mejores orgasmos de su vida. Rodolfo terminó también poco después, sudoroso y complacido.


Nada se dijeron al terminar, y tomados de la mano se retiraron a su cuarto a dormir. Al día siguiente, Juan Pablo  se presentó puntual, y Rodolfo estaba también listo en su escondite. Había pasado la mañana en sus oficinas esperando ansioso la llegada de la tarde. Deseaba ver de nuevo a su mujer siendo poseída por su amante. La sola idea encendía su pasión, pero tanto él como Bárbara  se llevaron una decepción.


Sólo vengo a despedirme – dijo Juan Pablo  arrebolado de emoción a los pies de ella .

Pero cómo – preguntó atónita – porqué?, qué ha sucedido?, ya no me amas?

No, señora mía, si únicamente pienso en ti todo el día – explicó besando sus manos.

¿Entonces? – preguntó Bárbara  confusa.

Mi madre agoniza y debo ir a Mendoza a tramitar y hacerme cargo de todo  . Ahora mismo.


Y se marchó. Ni siquiera hubo tiempo de una despedida. El matrimonio lo vio partir calle abajo, y junto con él se fueron las esperanzas de ambos y la recién conquistada pasión que los unía. Pero sin saberlo les había dejado el gusto por aquella nueva forma de relacionarse y no pasó mucho tiempo antes de que Rodolfo encontrara la solución a su dilema.

Pasó el tiempo ella se dejó caer en una especie de melancolía y angustia que la tenía retraída y fuera de si, en cambio su esposo continuó su rutina  laboral y marital.

 

A los meses él inició una serie de refacciones en la casa y contratando ha  algunos hombres para los arreglos. En la cena él le comentó a ella:-Son tres – continuó Rodolfo dos de ellos bastante jóvenes, atléticos y buenos mozos.

¿En serio? – dijo ella    y  ¿el tercero?

Pues es el jefe de la cuadrilla, el de mas experiencia terminó.

Se había sentado en la silla más cercana a Rodolfo. Las faldas del vestido invitadoramente abiertas, dejando asomar sus blancas y bien torneadas pantorrillas. Rodolfo metió la mano en la provocadora abertura de su falda.

Los trabajadores se presentaron a media mañana. Ella  estaba descuidadamente arreglada. A propósito, se dejó puesta una ligera bata de casa, como si se hubiera levantado apenas unos momentos antes de su llegada. El pelo coquetamente revuelto, con los rotundos pechos adivinándose bajo la tenue tela del salto de cama.


Cuánto lo siento – se disculpó al abrir la puerta – pero mi esposo vendrá más tarde y olvidé que vendrían hoy a trabajar.

Si quiere volvemos mañana – dijo el mayor de todos, el jefe seguramente, un tipo de poblado bigote negro y oscuros ojos castaños que devoraban su figura mientras hablaba.

No, por favor – corrigió ella rápidamente invitándoles a pasar – mi esposo se molestaría mucho conmigo si no empiezan a trabajar hoy mismo.

Siendo así, comenzaremos – dijo el hombre entrando, seguido por sus dos ayudantes, bastante atractivos y jóvenes.


Bárbara  los guió hasta la habitación  de huéspedes

 

Apenas salió de la habitación y los tres chiflaron y se regocijaron por su buena suerte.


Solita en la casa, pobrecita – dijo uno de los ayudantes, un muchacho delgado y de afilada nariz aguileña.

Con gusto iba a ayudarle en su baño, para tallarle su espaldita – dijo su compañero, un muchacho moreno, de anchos y sensuales labios.

Eso déjenmelo a mí – terció el jefe – que tengo mucha mas experiencia que ustedes – dijo mostrándoles un gordo bulto en sus pantalones.


Los otros dos rieron, mostrándole al jefe que ellos también tenían  lo suyo . Entre risas comenzaron a trabajar. Durante media hora siguieron comentando lo bonita que estaba la joven señora, imaginándola sola y desnuda en el baño, y no tardaron en decidir intentar abordarla.

 

 

Al salir del baño ella se encontró con el jefe dando vueltas por ahí , Barby lucía mas sensual con su cabello mojado envuelta en una salida de baño, le ofreció café en la cocina y él se sentó a la mesa junto a ella para beberlo, sus miradas eran de tremenda intensidad .Ella adivinaba que él la deseaba y la desnudaba con su mirada, él veía en los ojos y los labios sugestivos de ella que su presencia lo inquietaba pero aquel día como al siguiente no hubo más que miradas lascivas e inquietantes .

 

Por las noche excitado su esposo quería saber si ellos habían hecho algo con ella, parecía mas atento a si había algún avance de ellos hacia su cuerpo que de las refacciones de la casa , entonces mientras él hablaba y ella observaba como crecía su bultito , ella comprendió las verdaderas razones de su esposo para haber ingresado a aquellos hombres a su casa .

 

En la mañana del día siguiente se repitió la rutina pero esta vez el jefe se animó a acercarse a donde ella se había metido a bañar. La puerta estaba entre abierta, lo cual era una buena señal. El ruido del agua se escuchaba cada vez mas cerca.


En el baño, ella se enjabonaba, de pie en una enorme bañera de mármol, mientras su hermoso cuerpo desnudo brillaba húmedo y seductor. Sabía que estaba siendo observada, y con malévola sonrisa se agachó buscando el jabón, sabiendo que de esa forma le regalaba al apuesto  macho un panorama completo de sus blancas nalgas empinadas y abiertas, mostrando impúdicamente la sonrosada media sonrisa de su sexo.


Muchachos, vengan – alertó el jefe con un susurro a sus ayudantes – no lo van a creer.


Los tres se apelotonaron junto a la puerta. La diosa del agua había separado ya un poco las piernas, enjabonándose la vulva con sensuales movimientos. Al instante, los muchachos se excitaron. Desde su escondite, Rodolfo no puso sino admirar la notable maestría de su mujercita para enardecer a los hombres. El mismo sentía que iba a explotar de pasión. La vista de su amorosa esposa, de pronto convertida en una hermosa cortesana, asediada por aquellos brutos le estaba volviendo loco. Se preguntó cuánto mas podrían aquellos hombres soportar.


No fue mucho. El jefe de los tres entró en la habitación, y los otros dos le siguieron.


¿Pero que hacen aquí? – protestó débilmente ella.

Nada que no hayas provocado – dijo el jefe, acercándose al borde de la bañera .


Ella   se cubrió con la toalla los pechos y el pubis, pero ellos la rodearon, y al tratar de cubrirse también la retaguardia, el jefe terminó arrancándole la toalla.


Ya no juegues con nosotros – dijo el jefe – mira nada mas como nos tienes – y le mostró la enorme protuberancia en sus pantalones.


Sin mas palabras la sacaron de la bañera y la llevaron hasta la enorme cama matrimonial, no sin un poco de suave forcejeo, que la tolerante Barby  supo lograr sin desanimarlos del todo. Despatarrada en la cama, completamente desnuda y a su merced, esperó el esperado ataque.


El muchacho moreno comenzó a besarla en los labios. Su lengua inquieta entró hasta su garganta, mientras el otro chico se encargaba de los apetecibles pechos, prendiéndose de los erectos pezones. El jefe mientras tanto le abría las piernas, engolosinado con el suave vellón de su pubis. Sus dedos y lengua pronto entraban en la perfumada cueva, para el total deleite de Bárbara  y Rodolfo, que no perdía detalle de toda la acción.


Conforme la iban besando, acariciando y excitando, los tres machos ardientes comenzaron también a desnudarse. El primero en ponerle el pedazo en la boca fue el muchacho delgado, con un miembro que hacía juego con su figura, estilizado y largo. Bárbara  comenzó a lamerlo, mientras el moreno, envidioso, se quitaba la ropa para arrimarle también su oscura lanza.


Pero que fea poronga  tienes – dijo su amigo burlándose.


Pero ella   no pensaba lo mismo, porque golosa soltó la del flaco para meterse aquel enorme trozo de chocolate en la boca. Empezó a alternar entre una y otra, hasta que el macizo trozo del jefe estuvo a su alcance. Recta y gruesa, rivalizaba en belleza con la de los muchachos, y ella  no desairó tan erguido homenaje y se lo metió en la boca. Los chicos aprovecharon para acomodarla en cuatro patas, dejando así su hermosa concha alzada para sus caricias. El flaco se metió bajo los colgantes senos, mordisqueándolos goloso, como becerro recién nacido, mientras el moreno sondeaba la jugosa vagina con dedos que parecían entrar tan suaves como la mantequilla.


Bárbara  gemía de placer atacada por tantos flancos.


Está que se derrite – informó el moreno a sus compañeros.

Pues a darle – dijo el jefe posicionándose tras las rotundas nalgas.


Rodolfo lo vio enfilándose con la suculenta verga en las manos, apuntando al jugoso chocho abierto de su mujercita. El rostro de Bárbara  era un poema. Esperaba ansiosa y controlada la primera embestida, y suspiró complacida al sentir como le introducían el enorme pene.


Se ve que le encanta la  pija – fue el comentario y los demás rieron con agrado.


El moreno volvió a meterle la oscura pija  en la boca, mientras el flaco volvía a succionarle los pechos. Entonces el jefe dejó su sitio al moreno, que rápido le encasquetó el fierro hasta la empuñadura. Ella acompañó el gesto con un prolongado quejido de placer. Después del moreno, el flaco pidió su turno y después de un rato volvieron a empezar, esta vez con la complaciente Bárbara  de espaldas, con las hermosas piernas abiertas y la jugosa raja bien dispuesta para el placer de los caballeros. Una tercera ronda, con la hermosa mujer de Rodolfo de lado, subiéndola una pierna para tener acceso a su ya muy húmeda vagina, y comenzaron a venirse dentro de su cuerpo, primero uno y luego los demás.


Ella los despidió apenas terminaron, pidiéndoles que continuaran con el trabajo hasta el día siguiente, pues deseaba descansar. Les prometió que habría mas al día siguiente y entonces se marcharon. Rodolfo salió del escondite. No hallaba por donde empezar. Había rastros de semen entre sus muslos, sus nalgas y por supuesto su chorreante vagina. Tres descargas descomunales que le habían llenado el sexo hasta el tope. Comenzó a lamer, perdido de deseo y casi sin poder contenerse. Su rápida lengua aunado a todo lo acontecido le dieron a Bárbara  una cantidad incontable de orgasmos. A Rodolfo le hubiera gustado cogérsela también, pero temió que las pequeñas dimensiones de su miembro no la satisficieran , después de haber gozado con aquellas tres trancas envidiables. Inspirado, le dio la vuelta sobre su estómago. Sus rotundas y blancas nalgas eran un paraíso prohibido, pero habían derribado ya tantos tabúes que uno mas no le importó. Le abrió los glúteos, admirando el rosado y apretado esfínter y se acomodó para penetrarla.


No, Rodolfo, eso no, por favor – pidió Bárbara .


Rodolfo estaba ya mas allá de sus demandas. La penetró. Bárbara  gimió dolorida, pero estaba tan caliente que rápidamente se acostumbró a la nueva y extraña sensación. Rodolfo terminó, conforme a su costumbre, en pocos segundos, y solo entonces se dieron un respiro.


No puedo esperar hasta mañana – dijo Bárbara  poniéndose de pie trabajosamente.


Rodolfo no dijo nada, pero el sólo hecho de pensar que aquello volvería a suceder un día después le enderezó la verga sin poderlo remediar.


Los trabajos de remodelación duraron casi quince días, mismos que fueron plenamente aprovechados por los entusiastas trabajadores, ella y su marido. Finalmente terminaron y tuvieron entonces un período de descanso.


Cuando ya las cosas parecían volverse de nuevo aburridas, Rodolfo anunció que traería a cenar a un importante gerente posible cliente de su corporación. Ella rápidamente echó la imaginación a volar. Se imaginó que traería a algún apuesto joven y que con algún pretexto los dejaría solos, para espiarlos desde sus acostumbrados escondites. Para su sorpresa, el socio era casi tan mayor como su marido, con una calva reluciente y una barba canosa y bien recortada. Con profunda y masculina voz se presentó educadamente como el Gerente Comercial de British Caledonays  and co., el señor Alfredo  Paiglez.


Las esperanzas de Bárbara  se marchitaron durante la perfecta cena. Se habló de temas económicos, sociales y políticos. Rodolfo decidió tomar una copa de whisky en el salón y  Bárbara  se disculpó para dejarlos solos.


De ninguna manera, señora mía – dijo el invitado – si usted es el postre de esta velada.


Extrañada, ella  se dejó conducir hasta el salón del brazo de Alfredo. Les sirvió sendas copas a los hombres y a instancias del Gerente  se sentó entre los dos hombres.


Me dice mi buen amigo Rodolfo que tiene usted un par de piernas fabulosas – dijo sin más el señor Paiglez.


Bárbara  miró a Rodolfo sin poder dar crédito a sus oídos.


Así es, mi amigo – contestó Rodolfo sin ningún empacho – y aquí está la prueba – dijo subiéndole el ruedo de la falda.


Ella   hizo el intento de bajarse el vestido, pero Rodolfo se lo impidió. La gruesa y velluda mano del Gerente Comercial   acarició la torneada pantorrilla. Aquello no era lo que ella esperaba. No delante de su marido. Alfredo siguió subiendo por los suaves muslos, y las piernas de Bárbara  se abrieron casi por voluntad propia.


Pero qué cosita más rica han encontrado mis dedos – dijo cariñoso Alfredo.

Y qué es, ¿mi amigo? – preguntó Rodolfo casi asomándose entre los faldones.

Una conchita pequeña y jugosa, deseosa de un poco de atención – dijo el otro metiendo ya los dedos entre la ropa interior de ella, que solo gimió al sentir el intempestivo contacto de aquellos gruesos dedos.


La falda de Bárbara  estaba ya hasta la cintura. Rodolfo le quitó entonces las tanga de encaje, dejándola completamente desnuda, salvo por las suaves medias de seda.


Abre bien las piernas, querida – dijo  Alfredo y ella lo complació al instante.

Se ve tan puta abierta de esta forma – dijo Rodolfo al ver su vagina completamente abierta, con los labios completamente separados y el brillante clítoris emergiendo entre ellos.


Bárbara  se sintió terriblemente excitada al oírlo hablar así de ella.


Muéstrame los pechos – pidió él, pero hablando con Rodolfo, no con ella.


Rodolfo le abrió el corpiño y sacó las hermosas tetas . Alfredo pellizcó los pezones sin dejar por eso de meterle los dedos en la vagina. Bárbara  gimió descontrolada. Que le hicieran aquellas cosas allí, junto a su complaciente marido le excitaba profundamente.


Esta yegua  se muere por tener una pija  dentro – dijo el Gerente  – así que démosle algo para que se entretenga.


Ante la total sorpresa de Bárbara, Rodolfo estiró la mano y empezó a maniobrar con la bragueta de Alfredo. Metió la mano dentro y sacó su voluminosa verga. Con ella en la mano, empujó la cabeza de Bárbara  hasta su regazo, obligándola a mamar, mientras él miraba en éxtasis como su mujer abría la boca para tragársela.


Mámasela – susurraba Rodolfo – cómetela toda, mi vida.


Bárbara  no necesitaba mayores indicaciones. El enorme trasto apenas si le cabía en la boca. El maduro gerente  tenía el instrumento más grande que ella hubiera visto hasta el momento. Se la chupó golosamente, lamiendo la gorda punta y el rugoso tronco.


Con una indicación de Alfredo, Rodolfo separó a Bárbara  y la puso de pie.


Desnúdala completamente – pidió el hombre con su profunda voz.


Rodolfo quitó toda la ropa con desesperante lentitud, hasta dejar a su mujer completamente desnuda. Al terminar le dio vuelta, mostrándole  a Alfredo toda la belleza de su esposa. El hombre estiró una mano. Sus dedos acariciando el suave monte de Venus. Bárbara  suspiró al sentir el contacto de sus fuertes dedos. Mientras tanto, Rodolfo le quitaba a Alfredo  las pesadas botas, la casaca y los pantalones, dejándolo también desnudo y con el grueso pene descansando erguido sobre su velludo vientre.


Siéntala aquí – ordenó  él señalando su miembro.


Rodolfo tomó a Bárbara  de las manos y la llevó hasta la fabulosa pija encendida  e hizo que abriera sus piernas y tomó la gorda pija con sus propias manos, para ponerla en la dirección correcta. Entonces le indicó a Bárbara  que bajara lentamente. Acomodó el grueso glande en la unión de sus labios vaginales y se arrodilló a escasos centímetros para observar como la vagina de Bárbara  se abría poco a poco para darle cabida.


El descenso pareció eterno, y hasta no tenerla toda dentro, Bárbara  y Rodolfo volvieron a respirar.


Muévete – ordenó Alfredo con una palmada en el hermoso trasero.


Bárbara  comenzó a cabalgar. Rodolfo se desnudó entonces, masturbándose con aquella sensual imagen. Los pechos de Bárbara  brincaban con cadencioso movimiento, hasta que el Gerente  los apresaba entre sus dedos o los mordisqueaba con sonoros chupetones. Bárbara  tuvo un par de orgasmos, con aquella tremenda tranca metida en su sexo y la cosa parecía durar horas.


Tu putita coge delicioso –comentó Alfredo.


Le ordenó entonces darse vuelta y ella se detuvo a regañadientes. Se dio la vuelta, presentándole las nalgas  a Alfredo y acomodándose la pija para metérsela nuevamente.


Primero dale una limpiadita con la lengua –le  pidió.


Rodolfo presuroso metió la cara entre los muslos, lamiendo el sexo de Bárbara, a escasos centímetros de la voluminosa verga. Mientras tanto, él   acariciaba las redondas nalgas, sondeando con sus gruesos dedos el esfínter anal de la hermosa mujer.


La  pija  de Alfredo comenzó a acercarse a la vagina, haciendo espacio entre la lengua de Rodolfo que todavía la lamía. Con cierta sorpresa, Rodolfo sintió su dureza y exigencia, y terminó haciéndose a un lado. La dura tranca de carne entró nuevamente en el cuerpo de su mujer, dejando fuera solo los pesados y peludos huevos.


Sigue lamiendo lo que puedas – dijo el demandante amigo.


Rodolfo lamió los tensos bordes de la vagina, repleta ahora de verga, y en el vaivén de los sexos terminó chupando también el resbaladizo tronco y los húmedos huevos de Alfredo.


Después de un tiempo, Alfredo estaba listo para venirse.


Ahora ven acá –le  dijo a Bárbara.


Se puso de pie y le llevó hasta la mesa cercana. Allí la puso boca abajo. Le abrió las nalgas y acomodó la punta de su miembro en su culo.


Dice Rodolfo que eres casi virgen por aquí, y quiero regalarte la sensación de una buena verga en tu apretado culito.


Ella no contestó. Temía y deseaba tenerlo dentro. Cerró los ojos. La verga entró suave y profundamente. El dolor era casi eléctrico. Sus sensibles pechos aplastados contra la mesa, las piernas abiertas, las nalgas dispuestas. Se dejó coger sin oponer mayor resistencia. Rodolfo se acomodó debajo. A su boca hambrienta se abría el sexo de Bárbara, de pronto vacío pero lleno de secreciones y deseos. Comenzó a mamar, sin perder de vista los embates de la dura verga y el golpeteo furioso de los enormes huevos.


Alfredo soltó potentes chorros de semen, que rápidamente comenzaron a escurrir del violado ano de Bárbara. Rodolfo estaba listo para recogerlos. Lamió gustoso mientras se masturbaba frenéticamente y acompañó con su orgasmo a uno de los tantos de Bárbara.


Alfredo volvió varias veces, y se hizo asiduo visitante a la casa de Rodolfo e Bárbara. Siempre fue bien recibido por el matrimonio y salía tan contento que no tardó mucho en aparecer de repente con algún discreto amigo que por supuesto Bárbara  se esmeraba en atender.


Aquellas cenas se volvieron secretamente famosas, y en ciertos círculos, el nombre de Bárbara  se volvió irremediablemente en un entendido sinónimo de placer.Publicado en http://ar.groups.yahoo.com/group/oraculo_infiel/message/6834

por Sergio

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J
<br /> Sensacional todo lo que un esposo complaciente espera de su mujer<br /> <br /> <br />
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