Overblog Todos los blogs
Edit post Seguir este blog Administration + Create my blog
MENU

Publicidad

CON EL AMIGO DE MI MARIDO

- ¿Caro?

La voz en el teléfono del portero automático era clara y fuerte, y contrastando con la imagen de timidez que tenía de él cuando me lo presentó por primera vez mi esposo

Me lo había cruzado solamente un par de veces en los lugares de trabajo o bares junto a mi marido. Mi esposo  me había presentado a Sergio Romero entre bromas de buena camaradería no exenta de cierto respeto. - Es Sergio Romero. Un entendido de la informática y las webs. Le miré. A mí me parecía un típico universitario, callado, con aire algo distraído. Bueno, ‘muy’ distraído, como si todo el tiempo hubiera estado pensando en un nuevo programa a desarrollar, o lo que fuera que hicieran los informáticos.

Ante las bromas de mi esposo , Romero se limitó a encogerse de hombros y hacer un par de comentarios triviales sobre asuntos de la realidad política , como si le resbalara esa admiración mostrada por mi esposo . No parecía en absoluto un tipo engreído o pagado de sí mismo, más bien al contrario, una persona muy normal. Me cayó bien por ese detalle, por su impermeabilidad a los halagos y la forma en que hablaba con todos, como uno más del grupo. El tal Sergio debía de ser algo diferente a la imagen , además era un tipo bien puesto , alto, mide cerca de 1,90, complexión fuerte y muy atractivo .Luego en otros ocasionales encuentros a pesar de la presencia de mi esposo  s emostró simpático, amable, tierno y dulce como un caramelo cuando se dirigía a las mujeres..., a todas las mujeres no solo a mi

Últimamente habíamos intimado algo (pero era solo amistad), me refiero a que hablábamos mucho, con lo cual hicimos bastante confianza y podíamos hablar de cualquier cosa (incluso nos contábamos algunas cosas intimas).Quizás de ingenua debo de ser o eso pensaba, puesto que nunca pasaba nada y al estar a su lado, a pesar de que las últimas veces intuía, que él también deseaba algo. Y yo empezaba a sentir la necesidad de que me tocara.

Hubo un tiempo que en el desayuno que hacíamos junto a mi esposo en una confitería el acudía a nuestra mesa. Aunque Sergio apenas compartía un  café con nosotros, su presencia me ponía caliente, sentía cierta humedad en mi pelvis.

En aquellos momentos  sentía que, de alguna forma, estaba encontrando en mi interior unas ganas locas de probar cosas nuevas que no había ni siquiera intuido inicialmente .

Una amiga que también lo conocía me habló maravillas de él y me dijo:

- Además, sé que le caíste muy bien. – añadió con un guiño.

¿Le había caído bien a Romero?. ¿Se acordaba de mí después de sólo haber compartido un par de cafés con mi esposo y  un montón de gente más?

Me ruboricé al escuchar el comentario y, sorprendentemente, me humedecí.

Nuestra computadora, yo no entiendo nada de ellas, se taró y mi esposo me dijo que le diría una mañana antes del desayuno a Romero que pasara a verla.

Aquella mañana m e había lavado el pelo, acicalado, maquillado y probado cinco combinaciones diferentes de ropa, tal cual si fuera a salir para una cita. No se por que estaba ilusionada como una niña pequeña la noche de Reyes, aunque no hubiese razón aparente para ello ni el más mínimo indicio de que Romero fuera a... ¡yo qué sé!. Las fantasías, las evocaciones de caricias ansiadas me estaban trastornando y mi imaginación se desbocaba.

Pero fue inútil. Estaba nerviosa, muy nerviosa, cuando él finalmente llamó al timbre del portal. Su voz me puso más alterada aún. A pesar de la presencia de mi esposo .Abrí la puerta y me encontré frente a  él. Traté de ocultar mi turbación centrándome en la parte social de su visita: venía a  ver la computadora, era un amigo de  mi esposo haciéndole un favor.

Así que le hice pasar a la sala y le enseñé la máquina y le dejé trabajando en ella. Yo me senté en un sillón, al otro extremo del pasillo, desde donde podía observarle sin molestar y, esperaba yo, sin delatar mi agitación. Mi esposo estaba  en la cocina.

En el mismo momento en que puso sus manos sobre el teclado se concentró tanto que parecía ya no estar presente en este mundo. Así que yo pude disfrutar a gusto mirándole e imaginando todo lo que habría debajo de su ropa, y las cosas ricas  que se podrían hacer con ello.

- Sergio, ¿deseas  beber algo...?

Se volvió a medias, apartando sus ojos del monitor y, por la forma en que me miró mientras le hablaba, fui incapaz de decir una sola palabra más.

Él respondió, pícaramente:

- De la cocina no.

Me había dado el pie, era evidente por su sonrisa, yo le respondí con la mía, pero no me atreví a seguirle el juego. Me gustaba, me gustaba mucho. Y me apetecía. Pero ¡estaba mi esposo ! .

Me moría de ganas de  tomar esa carnada  cebo que parecía colgar de sus palabras y morderla hasta el fondo… pero me daba vergüenza.

- Ya, pues si no es de la cocina, no sé qué…-farfullé mientras intentaba mantener el tipo sin parecer una imbécil.

Sergio se levantó, me miró directamente, con una mezcla de risa contenida y una chispa que a mí me pareció de deseo, y comentó:

- Esto tiene para unos minutos mientras se carga. ¿Hay algún Kiosko  por aquí a estas horas?

- En la avenida, a la vuelta de la esquina –le informé.

- Pues no toques nada, que vuelvo enseguida. Voy  a comprar cigarillos .

Pasaron unos pocos minutos que a mí se me hicieron eternos y llamó de nuevo a la puerta.

- ¿Caro? Soy Sergio, ábreme.

Y esta vez la voz era incluso más rotunda. Tenía un tono de petición que encubría acaso una orden más profunda e infinitamente más peligrosa.

Su ‘’ábreme’’ liberó las espitas de mi deseo cada vez menos contenido, y empezaba a alegrarme de haberme puesto una pollera vaquera, en lugar de los pantalones que utilizaba a diario para ir a la facultad, porque me estaba sintiendo tan húmeda que creo que hubiera traspasado la ropa interior dejando una mancha delatora en la tela.

Abrí la puerta, jurándome a mí misma que si me daba otro pie como el de antes, lo tomaría: el pie, su pierna, ¡hasta el muslo entero!

En ese momento salió mi esposo  lo saludó , y  nos informó que él debía verse con un proveedor en el café de siempre, que nos esperaba allí.

 Sergio al quedarse a solas conmigo no dejó de mirarme los labios que se me abrieron involuntariamente.

Me lancé sin pensar al manantial que parecía su boca para saciar mi sed . Era demasiado alto, justo como a mí me gustaban los hombres.

Fue un beso interminable. Nuestros labios se tocaron al principio levemente, como se palpan las caras los ciegos con las manos para reconocerlas, como si fueran viejos conocidos y quisieran saludarse. Nuestras lenguas les siguieron, y danzaron una alrededor de la otra, en un baile de cortejo que culminó con nuestras respiraciones jadeantes y nuestras rodillas temblorosas. Su boca  empezó a recorrer el escote generoso de mi camisa anudada al cuello, que ofrecía mi espalda semidesnuda para sus labios, y sus besos deslizándose hacia abajo con la misma diligencia con que había estado tecleando momentos antes en el ordenador de mi hermano, me estaban descubriendo una parte de mi cuerpo que yo desconocía como fuente de placer: ¡mi espalda!

Nunca me la habían besado tan detalladamente como en aquel momento . Bueno, tal vez un beso rápido en mitad de una vuelta, un giro, un camino a otra parte más interesante, pero nadie se había detenido a mimar a mi espalda como él lo estaba haciendo.

Empecé a gemir suavemente, sin poder evitarlo, sin querer evitarlo de hecho, abandonándome a los escalofríos de placer que provenían de mi parte trasera. Estaba empapada, notaba mi intimidad húmeda y chorreante, ¡y ni siquiera me había tocado aún por debajo de la ropa!.Yo no sentía nada más que su tacto en mi espalda. Estaba concentrada en los mensajes que me enviaba mi piel, que parecía arder con sus caricias. Pero aquello no había hecho más que empezar.

Yo llevaba un corpiño sin tirantes y, su juego con mi escote posterior le llevó muy cerca del broche. Me lo abrió y lo sacó hacia arriba, en un movimiento cadencioso, sin alterar para nada el ritmo de lo que estaba haciendo, como quien ejecuta una sinfonía. Así sentía yo mi piel: un piano bien afinado bajo sus manos adiestradas para proporcionar placer.

Sus manos, su boca… no tenía tiempo de reconocer qué parte de él me estaba derritiendo, pero lo hacía…¡vaya si lo hacía!.

Al sentir caer el corpiño al suelo, esperaba que atacara mis pechos, ahora libres para él… pero no hizo eso. Siguió bajando, un beso, otro beso, un mordisco, un lametón… deslizando su mano por debajo de la camiseta, hasta llegar al borde de mi pollera.

Ahí jugueteó unos instantes que se me hicieron eternos, hasta que decidió colar a la vez sus manos por arriba y por debajo de su límite. Notarlas jugueteando con la cinturilla de mi tanga me arrancó un gemido tan intenso que él no pudo evitar decirme en un susurro:

- ¡Ya, ya…! Ya falta, poco, nena.

¿Poco? … ¿Para qué? …..

En realidad, no podía pensar demasiado. Toda mi atención estaba concentrada en disfrutar de aquel arco iris de sensaciones que estaba desplegando ante mis ojos atónitos.

Sergio se arrodilló detrás de mí y me subió la pollera. Sin más preámbulos apartó a un lado mi tanga para llegar con su lengua a mi sexo, tan sediento de su contacto como empapado estaba.

No me lo podía creer. Ni siquiera habíamos vuelto a besarnos, no había intentado ni que yo le tocase, yo continuaba con mis manos ocupadas acariciándolo , él convertía el centro de mi ardor en una fuente de placer como nunca hubiera imaginado que pudiera existir.

Era la primera vez que un hombre , que no fuese mi esposo, me  besaba en mi casa , mientras empezaba a gemir él mismo, me volvió casi loca. Tenía ganas de besarle, de morderle, de comerle. Quería demostrarle todo lo que sentía por él en ese momento, pero no me dejó. Sus manos me obligaron a continuar en la misma posición, soportando el placer que me estaba regalando, que era tan grande que casi parecía un castigo.

Seguía y seguía… En cuanto yo pensaba que estaba a punto de morirme de gusto se movía, cambiaba un poco el ritmo de sus lametones, y ¡volvía a sentir más y mejor!.

Era como un crescendo constante, como una montaña rusa de placer, con sus subidas, sus curvas, sus bajadas, sus vueltas a subir, a subir, a subir… hasta quedarme en la cima de un orgasmo que me sorprendió tanto que me hubiera caído al suelo de no estarme sujetando Sergio.

¿Aquello era posible? ¿Con un hombre? ¿Tan fácilmente? ¿Sin siquiera haberse desabrochado él la camisa? ¿Sin haberme pedido que le tocara?.

Respiré profundamente unas cuantas veces, y cuando conseguí controlarme, bajé la vista para encontrarme con un Romero algo despeinado, con una sonrisa divertida y traviesa.

Se había dado la vuelta, y ahora seguía arrodillado, a mis pies, pero delante de mí, respirando justo al lado de mi concha temblorosa y mojada.

- ¿Por qué has hecho eso? – le pregunté, confusa.

- Porque soy muy caballero. Las damas siempre primero…sobre todo en la cama.

Y le intuí una amplia sonrisa mientras hacía esa declaración, porque volvió a hundir su cara en mi centro, esta vez buscando desde mejor acceso mi clítoris ya hinchado y prominente, más sensible y descarado a cada minuto.

Me señaló al sofá cercano y, mientras yo conseguía llegar hasta allí, temblando todavía, abrió mis piernas con  facilidad.Encantada de por fin poder corresponder a sus atenciones, lo hice, succionando sus dedos uno a uno, y quedándome con el pulgar en la boca. Tal como había hecho un rato antes con su beso, lo pasó por mis encías, por los lados de mi lengua… jugaba a escaparse y yo a no dejar que se fuera, lo quería, lo quería dentro de mí, de mi boca, de mi concha…

- ¡Métemelo! – me escuché a mí misma pedirle con voz ronca. Yo nunca había dicho algo así a ninguno de mis amantes, ni siquiera se me habría ocurrido hacerlo. Así que me tumbó en el sofá, subió mis piernas sobre el reposabrazos para tener un mejor acceso a mi concha hambrienta de su pija .Besó e mi entrada, y dejó que los jugos que brotaban de mí se mezclaran con los que salían de entre sus labios, aprovechando la lubricación para introducir su pulgar dentro de mí, tal como le había pedido.

Durante los siguientes minutos, no fui muy consciente de qué estaba haciendo. Las sensaciones desde mi triángulo inferior me inundaban en sucesivas oleadas de placer y sorpresa. Si poco rato antes me había sentido en una montaña rusa, ahora me sentía cabalgando a lomos de una moto acuática, abriendo puño a fondo y deseando que aquello no terminase.

Notaba sus otros dedos jugar a ratos con mi clítoris, en golpeteos rítmicos, o bien pellizcos suaves y sorpresivos. En otro momento, era su lengua la que recorría mis labios inferiores con parsimonia, con deleite, con una tranquilidad que nada tenía que ver con la fuerza con que me estaba cojiendo con su mano. Porque sí, aquello era cojerme. Y me gustaba más que ninguna otra cosa que me hubieran hecho antes. Me sentía tan liberada, tan dueña de mi placer, por primera vez en mi vida…¡a pesar de ser las manos de otro las que estaban tomando posesión de mi cuerpo!.

Pero con Sergio me sentía en una forma extraña. No me estaba usando, yo no era un cacho de carne para el disfrute de mi novio, ese mezquino “machito” que creía saberlo todo sobre el placer de las mujeres y la forma “correcta” de obtenerlo y no era más que un patán ignorante y egoísta. Ahora era yo la que recibía todo el placer, mi cuerpo era el instrumento para proporcionármelo y Sergio simplemente un virtuoso director de orquesta invitado a deleitarme con la mejor sinfonía que podía sacar de mí.

Empecé a pedir que aumentara la velocidad, intuyendo la llegada de un segundo orgasmo que fue tan fuerte que pensé que no se terminaba nunca la meseta del clímax.

- ¡Más, más, más! –me escuché gritar mientras le atraía hacia mí y le besaba con pasión.

Y me complació. Me dejé derrumbar sobre los cojines, tras sentirme más empapada que nunca, más satisfecha que nunca, más mujer que nunca.

Tanto que empecé a ronronear y me abracé a él, con más ganas de mimos que de sexo, porque en ese momento me sentía ahíta como nunca, incluidas mis más memorables masturbaciones.

- Lo siento –le susurré mientras me acariciaba el pelo—Tú aún no has tenido tu parte. Pero me has dejado tan satisfecha, tan flojita, que me tiemblan las piernas, me siento como de algodón. Nunca antes, te lo juro, me habían hecho lo que tú me acabas de hacer. Creí que iba a morirme.

Me desperecé como una gatita, dejando mis pechos a pocos centímetros de sus labios, en una mezcla malévola de relax, abandono y provocación. Me sirvió una copa de agaua gasificada y brindamos. El líquido cayó por mi garganta aliviando el calor que sentía. Mi boca estaba repentinamente seca y el gas de las burbujas me subió hasta la nariz arrancándome un estornudo. Los dos reímos con ganas: relajados, contentos, compenetrados, en una palabra, cómplices.

Fui consciente de que cada uno de mis gemidos había sido sincero, cada temblor de mis muslos respondió a las sabias caricias de mi amante, no a un deseo de hacerle sentir “muy hombre”.

Quiero decir, estuve excitada hasta grados insospechados para mí, pero a la vez que Sergio me invadía y jugaba con mi cuerpo según su voluntad, me vi mimada, tratada con exquisita ternura. Había estado atento a cada jadeo, cada movimiento de mi cuerpo para redoblar sus esfuerzos en hacerme sentir deseada y rozar el éxtasis.

Le besé nuevamente, miré sus ojos, limpios, sinceros y a la vez pícaros. Sus manos comenzaron nuevamente a jugar con mi piel...

Estaba tan relajada que mis párpados comenzaron a entornarse. Una sensación de tibieza y abandono, un peso en las piernas totalmente nuevo para mí...

- Sergio... me quedaré dormida si me sigues arrullando así, diablillo... Y ¿tú?. Quiero corresponderte por todo el placer que me has dado. Pero me has dejado muerta, de verdad...

- No importa –me respondió, mientras me besaba los párpados con infinita ternura – Una mujer como tú no es para un ratito, un solo momento . Haberte podido regalar tus orgasmos es todo un honor. Ya me cobraré los míos, vamos que tu esposo va a sospechar .

by

carolarei@yahoo.com

Publicidad
Regresar al inicio
Compartir este post
Repost0
Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:
Comentar este post
C
Dale tienes mi id carolarei@yahoo.com , escribime .Saludos
Responder
S
Excelente me gustaría conocer a la autora , el relato es muy caliente y bueno.
Responder
S
Excelente muy caliente , me encantaría dialogar con la autora.
Responder