No hay peor ciego que aquel que no quiere ver solía decir mi abuela , también me cuesta poder expresarlos para comunicarlos por este medio.
Los síntomas eran evidentes desde hacía ya bastante tiempo. Y aunque los veía, no supe interpretarlos correctamente ni darles la importancia que realmente tenían. Pero permítanme que les cuente.
Todo comenzó hace ya unos meses, cuando introduje a Arnaldo , un estudiante universitario de otro país que estaba haciendo una pasantía en la Universidad donde yo trabajo.
María ,mi esposa, inicialmente se opuso ya que perdía su intimidad en la casa , yo la contuve le dije que era solo por un tiempo hasta que él consiguiera una pensión.
Así entre protestas de ella Arnaldo se incorporó a nuestra casa en la habitación que antes ocupaban nuestros hijos.
Al cabo de dos semanas sus protestas acabaron y ella andaba muy naturalmente y distendida por la casa . Arnaldo es un excelente profesional que está perfeccionándose en nuestro país
Al pasar los días mi esposa empezó a cambiar , empezó a estar mas inquieta y movediza que de costumbre . A cualquier hora del día , andaba en ropa interior, en general con lencería algo audaz y provocativa , pequeños tangas que apenas le cubrían los labios de la concha cubierta por algún camisón semitransparente que permitía entrever e intuir su cuerpo .
Un buen día, se depiló completamente el pubis, dejando su pubis lisa y pelada como el de una lactante. Si bien he de admitir que yo siempre fui algo voyeaur me daba celos de que ella anduviera asi de ropas y con gran soltura frente a otro hmbre que podía verla. Pensé que sería su manera de castigarme por haberlo introducido en mi casa.
A partir de ahí la situación fue aumentando poco a poco. Al llegar a casa de vuelta del trabajo me recibía eufórica y mimosa, vestida con solo una minúscula tanguita y un camisón transparente en el que se marcaban puntiagudos sus excitados pezones. Mientras me preguntaba qué tal me había ido el día se me echaba encima, se frotaba sensualmente contra mí, me lamía el cuello y me besaba. Yo solía contestar evasivo, me la quitaba de encima alegando estar agotado tras la jornada laboral y me dirigía a la habitación para cambiarme de ropa.
También comenzó a entrar al cuarto de baño mientras me duchaba y meterse desnuda conmigo en la ducha . En general comenzaba con jueguecitos inocentes, tonteando como una niña, restregando los senos contra el vello de mi pecho y agarrando juguetona mi pene con una de sus manitas para con la otra frotármelo con la esponja. Pero en otras ocasiones era más directa, se arrodillaba directamente delante de mí y comenzaba a darme lametones en la verga y en los huevos, me agarraba sin remilgos la polla y se la introducía entera en la boca para proceder a mamármela con verdadera ansia. Casi siempre contrariado, la hacía salir de la cabina, regañándola por ser tan pesada, estar malgastando el agua caliente y alegaba el no caber ambos en la exigua ducha.
Y claro, casi toda las noches quería y exigía sexo y del mejor . Ya antes de irnos a la cama acudía a mi lado en el sofá, muy ligera de ropa, mientras me encontraba viendo la televisión y comenzaba a tocarme, a besarme buscando mi boca y queriendo meter en ella su lengua ágil. Cuando la empujaba de lado y le pedía que me dejara tranquilo ver el programa se marchaba enojaba a la habitación o al cuarto de baño, aunque otras veces no se rendía tan pronto e insistía, me abría la bragueta y comenzaba a pelarme la pija . Entonces, de manera enérgica, le ordenaba dejar de hacer tonterías y recomendaba que si quería coger tuviera paciencia y esperara la llegada del fin de semana, que entonces, más tranquilos y descansados, haríamos el amor.
Recuerdo uno de esos episodios en el sofá en el que se sentó a mi lado y sin prevenir me tomo decidida una mano y se la colocó entre las piernas abiertas, poniéndola directamente sobre su concha . Estaba empapada. No húmeda o excitada, no. Totalmente empapada. Tan salida estaba que bastaron unos segundos para que, tras hundirle dos dedos en la concha y comenzar a pajeársela al tiempo que con la yema del dedo pulgar le apretaba y masajeaba sobre el clítoris, explotara en un fuerte orgasmo que le arrancaron irrefrenables gritos de placer.
Esos son algunos de los síntomas a los que me refería antes. Pero yo, al menos durante los primeros meses, no les daba mayor importancia. Atribuía todo eso a un simple deseo de llamar la atención, a algún calentón momentáneo, quizás un desarreglo hormonal transitorio o una necesidad de afirmar su feminidad en un momento de su vida en el que se planteaba ciertas dudas. Tonterías propias de las mujeres, me decía. Además, por mi parte, estando ya metido en mi quinta década de vida, tras casi veinte años de matrimonio, con la rutina diaria y los problemas en el trabajo he de admitir que últimamente mi libido estaba, digamos, un tanto adormecida.
María, mi esposa, es ocho años más joven que yo, una linda mujer, coqueta y muy femenina. Aunque es más bien bajita y físicamente puede no parecer espectacular a primera vista, tiene un bonito rostro, con una boca de labios sensuales y ojos de pícara mirada, y un cuerpo muy deseable que a pesar de su edad ya madura se conserva firme y prieto.
Cuando llegaba el fin de semana hacíamos el amor. Reconozco que de manera rutinaria y sin excesivo morbo. Las sesiones solían durar pocos minutos y ser muy similares: Unos besitos, masturbarnos mutuamente mientras yo le chupaba un poco los pezones, en ocasiones unos segundos de sexo oral y colocarme encima de ella para penetrarla, agitarme hasta correrme y caer derrumbado a su lado para quedarme dormido rápidamente. Reconozco que muy insuficiente para satisfacer a alguien como María.
Al pasar el tiempo note que ella por momentos parecía satisfecha aunque en un lapso corto de tiempo podía volver a estar muy caliente
Me picó la curiosidad y una noche, alegando estar especialmente cansado, me fui a la cama muy temprano y simulé dormirme enseguida. Como sospechaba, al rato de haberme acostado María desapareció de mi cama y del living. Descalzo y en silencio, avancé despacio por el pasillo y me acerqué a la puerta entreabierta de la habitación de huéspedes ¡Me quedé pasmado! Veía a mi esposa de espaldas, desnuda, sentada en la cama frente a Arnaldo. Podía llegar a divisar una de sus piernas. Estaba completamente despatarrada, con las piernas exageradamente abiertas. Una de sus manos se veía manipular la tremenda pija de Arnoldo y la otra adiviné, por la posición de su brazo, que la tenía en su entrepierna y también en movimiento. Mi mujer se estaba entregando a él en mi propia casa No daba crédito a lo que acababa de ver. ¡Mi querida esposa haciéndolo con quien yo había traído solidariamente a mi hogar , ahí estaba ella totalmente viciosa, excitándose y dando rienda suelta a sus bajos instintos! Confieso que supuso un choque para mi y que, sin saber como reaccionar, simplemente di media vuelta y regresé a la cama. Al meterme entre las sábanas me percaté que mi pene estaba erecto, me sentía ansioso, agitado y no se borraba de mi mente la imagen de María entregándose , gimiendo y cojiendo con Arnaldo . Esa noche, por primera vez desde hacía ya muchísimo tiempo, también yo me hice una paja.
Excitado por lo que había visto me callé y empecé amontar distintas situaciones para verlos tener relaciones, realmente me calentaba mucho ver a ella toda una puta ser sometida por ese macho muy joven, el solo tiene 25 años, de una enorme envergadura y gran pasión y energía.
Hace una semana ella me confesó que quedó embarazada de él y desde aquel momento ya no se que hacer.
El se ofrece a hacerse cargo del niño o niña se fuera necesario
¿ ustedes que opinan ?
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