El viejo Matías andaba que se yo por mas de 60 años y era el calesitero de la única calesita de la única plaza de mi pueblo,
El viejo Matías hace años me había dado varias veces la sortija, estableciendo cierta complicidad conmigo.
El viejo Matías me agarró cuando estaba yendo para la casa de mi tío Jonás; la gente del pueblo me huele. Balbuceaba entrecortado, ya es hora que te de otra cosa. Estaba borracho, traté de zafar pero no pude. Tenía un látigo como el del Zorro .Cada vez que me escapaba me atajaba las piernas con él; yo caía. Ya me estaba cansando, iba a darme por vencida, pero él me ató antes y empezó a romperme la ropa. Yo le dije: todo bien, pero sin violencia. O no me escuchó, o no me creía, o no quería hacerlo normal.
Por suerte no me lastimó, pero me chupones toda, el cuello, los hombros, las tetillas... Con mi pomadita mágica en una semana no tendría más marcas.
Lo que me asustó al principio fue su pene, nunca había visto de ese tamaño. Con sus rodillas me abrió las piernas, tuvo la delicadeza de escupirse en la mano y frotar la saliva entre los labios y dentro de mi vagina, pero cuando me metió todo eso grité, me dolió, no pude relajarme. Se movía como un loco, estaba muy caliente, me dijo que tenía leche para dejármela adentro por un mes o más.
Se entretuvo un buen rato, después acabó como un Dios y se quedó medio dormido de costado. Yo me fui desatando despacio y corriéndome de su lado.
La luna le daba justo en la cara; me quedé mirándolo un rato. Así sereno, no me pareció ni tan viejo ni tan feo, era un rostro viril, muy marcado por el sol. Tenía pelos en algunos lugares del rostro, y también rasguños, como quien se afeita sin espejo. La camisa a cuadros desabrochada, mostraba un pecho y una panza peludos, sus manos eran grandes, ásperas y brutas, como me gusta a mí.
Se despertó de golpe; asustado. Me paré frente a su cuerpo, que echado junto al árbol, en ese instante parecía la continuidad del mismo. Lo miré con firmeza, hablándole como si el poder no fuera más de él.
- Tranquilo; levántate y seguidme, le dije.
Caminé hasta la casa de mi tío Jonás, sintiendo sus pasos dudosos detrás de mí. Sabía que no había nadie, ya que yo debía dormir allí para cuidara Sultán el perro dálmata de mi tío. Saludé a Sultán, le cambié el agua y le di de comer. Cuando entré a la casa, con el calisitero a pocos metros, me quité la ropa, pieza por pieza, de forma extravagante, sin llegar al grotesco. Caminé desnuda hasta el baño donde llené la bañera y me metí bajo el agua .Le ordené que se quitara la ropa y que se acercase a mí. Me obedeció, entonces me quedó claro que quien lideraba en ese momento era yo, aunque cuando lo vi. venir hacia mí, con su pene adquiriendo cada vez más volumen, dudé.
No podía quitar mis ojos de aquel miembro, te juro que nunca vi nada igual. Peludo Una línea sensual entre el pecho, la panza y el pubis.
Preocupada con el SIDA, le pregunté si lo hacía con muchas mujeres, me respondió que con la suya, cada muerte de obispo. Le di un beso para que se callara y nos seguimos besando bajo la cascada.
Se sentó sobre el inodoro, me atrajo hacia él y como si nunca hubiese visto una putita como yo, inspeccionó con sus manos torpes mis pezones, luego me los masajeó enteras. Después bajó con sus manos hacia mi trasero. Me perdí en sensaciones por todo mi cuerpo; aunque antes de perderme totalmente, quise tocar su pene. Era suave, muy grande, parecía querer explotar en mis manos.
Abrí las piernas y me senté sobre él, despacio, tratando de no perder ninguna sensación. Entró entero dentro de mí y esta vez no me dolió. Acabé al instante por primera vez, luego muchas más.
Miré la luna espiando nuestra escena por el ventiluz, ojo de buey del baño. Era mi luna obscena. Acabamos juntos aullando hacia ella.
Lo creí derrotado y le dije que se fuera. Me ordenó sin mucha convicción, a que me pusiera de cuatro. Su voz estaba agotada; yo no había perdido el mando. Le dije que otro día. Le di un beso y lo despedí.
Del libro: La trastienda de mi pago
si quieren mas relatos escribanme.